domingo. 19.07.2026

Durante años, el discurso empresarial sobre la tecnología ha girado en torno a una promesa clara: hacer más en menos tiempo. La inteligencia artificial está cumpliendo esa promesa. Pero, como quedó patente en el simposio celebrado en CaixaForum Palma, la verdadera disrupción empieza justo después: cuando las empresas deben decidir qué hacer con ese tiempo liberado.

El 11.º Simposio Empresas con Rostro Humano introdujo así un cambio de enfoque poco habitual en el debate económico. La cuestión ya no es si la IA mejora la productividad —algo ampliamente asumido—, sino qué tipo de empresas emergerán cuando producir deje de ser el principal problema.

“Estamos ante una tecnología potentísima, pero no determinista”, advirtió Pep Martorell. Su reflexión apunta a un matiz clave: la IA puede optimizar decisiones, pero no decidir qué decisiones importan. Ese vacío lo siguen ocupando las personas.

En ese contexto, el concepto de propósito empresarial deja de ser aspiracional para convertirse en una herramienta práctica de gestión. No se trata solo de “tener valores”, sino de utilizarlos como criterio para priorizar: qué proyectos impulsar, qué clientes elegir o incluso qué oportunidades rechazar.

La intervención de Inés Alegre llevó el debate a un terreno especialmente incómodo para el mundo corporativo. Si la inteligencia artificial permite hacer el mismo trabajo en menos tiempo, ¿se traducirá eso en jornadas más humanas o en una intensificación de la actividad? La respuesta, sugirió, no será tecnológica, sino cultural.

Este dilema redefine también el liderazgo. Ya no basta con gestionar recursos o procesos; ahora se trata de dar sentido a la eficiencia. En palabras de Andrés Sendagorta, las organizaciones necesitan algo más que resultados para sostenerse en el tiempo: necesitan una dirección clara que oriente el uso de la tecnología. En entornos altamente innovadores, ese “para qué” actúa como brújula frente a la aceleración constante.

El trasfondo del encuentro revela una transformación más profunda de lo que aparenta. La IA no solo automatiza tareas, sino que vacía de contenido algunas de ellas. Y eso obliga a las empresas a replantear qué actividades generan realmente valor y cuáles simplemente ocupaban tiempo.

Desde esta perspectiva, el trabajo deja de medirse únicamente en términos de volumen o productividad, y empieza a evaluarse por su impacto, su sentido y su contribución. Una lógica que conecta con las tesis impulsadas por Carlos Rey, organizador del encuentro, que aboga por empresas donde el propósito actúe como eje de decisión y no como elemento decorativo.

Incluso los asistentes participaron en dinámicas centradas en una cuestión reveladora: cómo afecta la inteligencia artificial al propósito personal. Porque, en última instancia, el cambio no es solo organizativo. Es también individual.

El cierre, a cargo de Manuel Jiménez Maña, dejó una lectura que sintetiza el momento actual: la inteligencia artificial ha resuelto el problema de la eficiencia. Ahora, el desafío —mucho más complejo— es decidir para qué queremos ser eficientes.

La IA ya hace el trabajo: ahora el reto de las empresas es decidir qué trabajo merece...