domingo. 14.07.2024

Derechos ‘menguantes’ a la hora de volar

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La democratización de los viajes en avión en las últimas décadas ha permitido que una gran parde de la ciudadanía de medio Mundo pueda viajar de forma periódica a otras ciudades, países y/o continentes, una opción reservada no hace tanto a los bolsillos más pudientes.

La llegada de nuevas compañías, la competencia, ha favorecido que una mayoría de gente que décadas atrás no podía permitírselo ahora pueda coger un vuelo con regularidad. Bienvenida sea una democratización que, por contra, no puede entenderse como una merma de los derechos del pasajero. Y eso, también está pasando en pleno siglo XXI.

Los ‘overbookings’, retrasos injustificados o falta de información y/o transparencia están a la orden del día, por mucho que la estadística señale que son pocos los vuelos que sufren dichos inconvenientes. Lo cierto es que a todos nos sigue afectando de tanto en cuando y el consuelo es mínimo el día que te toca.

Por mucho que los precios de los billetes de avión se hayan democratizado, los consumidores siguen abonando unas cantidades considerables por volar. Y sea el precio que sea, el viajero ha comprado su pasaje… aunque cuando llegan los contratiempos señalados parezca todo lo contrario.

Las compañías que siguen practicando el ‘overbooking’ -vender más billetes de los disponibles confiando en la renuncia o en la no aparición de un porcentaje de los usuarios-, no pueden responder con un simple “lo siento, le reubicaremos en el siguiente vuelo disponible o podemos devolverle el dinero”.

Los usuarios eligen horarios y vuelos determinados, no sólo en función del precio del billete, sino también por obligaciones profesionales, citas ineludibles, acontecimientos deportivo-culturales, enlaces con otros vuelos, etc. Por tanto, salir en un vuelo posterior (o días posteriores) puede arruinar un sinfín de planes que, en muchas ocasiones, no tiene consuelo posible. Vender más billetes de los disponibles debería ser una práctica abolida ya hace mucho tiempo.

La misma situación puede originarse con los retrasos de los horarios establecidos, por mucho que de unos años a esta parte se hayan ampliado el tiempo de vuelo señalado por trayecto (aunque éste no corresponda con la duración real del viaje) con el objetivo de poder asegurar nada más aterrizar que el viaje se ha completado de forma puntual e, incluso, “antes de lo previsto”.

Además, los retrasos vienen acompañados de una falta de información alarmante: el sufrido viajero no solo tiene que afrontar con desespero retrasos con relativa frecuencia, sino que éstos se producen con una total falta de transparencia. Las pantallas de los aeropuertos apenas aportan respuestas y las aplicaciones digitales tampoco incorporan a tiempo real las oportunas explicaciones.

Así, el usuario, con su billete en mano, debe armarse de paciencia hasta que, una vez subido al avión, el personal o los propios pilotos son capaces de aportar claridad al motivo del retraso. Se aceptan las disculpas, que realmente parecen sinceras, pero en muchos casos el perjuicio ya es irrecuperable.

Los aeropuertos son una de las puertas de entrada más importantes de cada ciudad, sino la que más como en el caso de Son Sant Joan en Palma o los aeródromos de Ibiza y Menorca. En sus instalaciones, la imagen es muy importante, tanto la limpieza, la seguridad y el orden, como la información que reciben los viajeros. La imagen de éstos tirados en butacas o directamente en el suelo, con los locales ya cerrando por llegar a horarios nocturnos, y sin tener ni el más mínimo de información de cuándo saldrán sus vuelos retrasados desde hace horas, no es el mejor escaparate turístico posible.

En Baleares, como en el resto de España, estamos a la vanguardia turística. Es indudable que hacemos muchas cosas bien, pero conviene no dormirse: todavía nos quedan muchos aspectos que mejorar y ante algunas situaciones, incluso, parece que damos pasos hacia atrás.

Derechos ‘menguantes’ a la hora de volar