domingo. 19.07.2026

Agama: cuando una marca se apaga y el espejo nos devuelve la mirada

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La caída de Agama no es solo el cierre de una empresa. Es algo más incómodo: es la constatación de que Baleares pierde otro de sus símbolos empresariales, otra pieza de ese tejido productivo que nos recordaba que aquí, además de turismo, también sabemos hacer, transformar y competir desde el sector primario.

En los lineales de nuestros supermercados quedará un hueco. No solo físico. También emocional. Porque Agama no era una marca más. Era una marca mallorquina de calado, vinculada a un sector –el primario– donde las cosas, por decirlo suavemente, nunca han sido fáciles. Costes elevados, competencia feroz, dependencia de materias primas, presión de las grandes cadenas, costes de insularidad añadidos, hábitos de consumo cada vez más volátiles. Resistir ya era un mérito. Crecer, una heroicidad.

Según la información publicada hoy, el Govern intentó articular una vía para salvar la marca. La voluntad política estaba ahí: preservar empleo, mantener producción local, evitar que otro icono empresarial desapareciera. La pregunta incómoda es si esa operación era viable en el actual entorno empresarial.

Porque rescatar una marca no es solo inyectar recursos o facilitar financiación. Es garantizar que el modelo de negocio tiene recorrido, que puede competir en precio y en escala, que dispone de canales de distribución sólidos y de una estructura adaptada a una realidad donde los márgenes son cada vez más estrechos.

En el sector agroalimentario balear el problema es estructural: producimos en un territorio fragmentado, con costes logísticos superiores, con menor economía de escala que los grandes operadores peninsulares o internacionales. Si el consumidor no está dispuesto a pagar ese diferencial –y muchas veces no puede hacerlo–, el equilibrio se rompe.

¿Podía el Govern salvar Agama? Tal vez temporalmente. ¿Podía cambiar por decreto las reglas de un mercado globalizado? Difícilmente.

Aquí llega la primera reflexión, la más cercana, la que nos interpela cuando empujamos el carro del supermercado. Si queremos preservar nuestra identidad empresarial, si queremos que haya marcas mallorquinas en los lineales, si defendemos el producto de aquí, debemos apostar por él. No basta con el discurso. Hay que hacer patria en la caja.

Sé perfectamente que esto no es sencillo. Para muchas familias el conflicto entre convicción y bolsillo es real. Cuando el precio manda, la ideología se diluye. Pero también es cierto que si sistemáticamente elegimos la opción más barata sin preguntarnos de dónde viene, estamos votando con nuestra cartera un modelo productivo concreto. Y después nos sorprende que desaparezcan empresas locales.

No se trata de culpabilizar, sino de asumir responsabilidades compartidas. El producto local suele ser más caro porque producir aquí es más caro. Pero ese sobrecoste sostiene empleo, paisaje, tejido empresarial y, en última instancia, identidad.

La segunda reflexión es aún más incómoda. ¿Cuántos de nosotros compramos en Amazon productos que vienen de la otra punta del mundo mientras enarbolamos la bandera de la sostenibilidad y de la reducción de emisiones?

Exigimos proximidad, pero pedimos envíos en 24 horas. Defendemos el kilómetro cero, pero celebramos el descuento del 30% aunque el producto haya cruzado medio planeta. Criticamos la huella de carbono, pero no renunciamos a la comodidad. ¿Somos ciegos por voluntad propia? Quizá peor: por interés propio.

Y no me excluyo. Soy el primero que peca, confiesa y reincide. El primero que sucumbe a la lógica del precio, de la inmediatez, de la oferta irresistible. Precisamente por eso la reflexión no puede hacerse desde la superioridad moral, sino desde la honestidad.

Algo más que una marca

El cierre de Agama nos obliga a mirarnos al espejo. Cada vez que desaparece una empresa emblemática en Baleares perdemos algo más que una razón social. Perdemos capacidad productiva, diversidad económica, autoestima colectiva.

Si todo lo fiamos al turismo y al consumo de lo que otros producen, nuestro margen de maniobra se estrecha. La soberanía económica no es un eslogan; es la capacidad de decidir qué queremos seguir fabricando y qué estamos dispuestos a sostener.

La globalización no va a detenerse. Pero eso no nos exime de elegir. Podemos seguir lamentando cada cierre como si fuera inevitable o empezar a asumir que el mercado también se construye con nuestras decisiones cotidianas.

Agama se apaga. La pregunta es si estamos dispuestos a que sea solo una más en la lista o a entender que, detrás de cada marca local que desaparece, hay una parte de nosotros que también se diluye.

Agama: cuando una marca se apaga y el espejo nos devuelve la mirada