Contestaba el teléfono en medio de una comida. Respondía correos un sábado por la tarde y si alguien me necesitaba, allí estaba yo. Durante años pensé que aquello era compromiso, y lo era, pero no del todo...también era ego.
Medía mi valor por el número de llamadas que recibía, por las reuniones que llenaban mi agenda y por las decisiones que parecían no poder tomarse sin pasar antes por mi mesa.
Cuanto más dependían de mí, más importante me sentía. Hasta que la vida hizo lo que mejor sabe hacer: ponerme delante un espejo.
Llegaron las vacaciones, una enfermedad, un cambio de etapa o simplemente unas horas de desconexión y entonces descubrí algo incómodo: el mundo seguía girando.
Las reuniones empezaban a la misma hora, las decisiones se tomaban, los colaboradores seguían llamando y la empresa continuaba avanzando…sin mí.
Al principio duele porque todos necesitamos sentirnos necesarios. Pero, cuando aceptas esa realidad, ocurre algo inesperado.
Te sientes libre.
Comprendes que no hace falta ser imprescindible para ser valioso. De hecho, el mejor líder no es el que consigue que todo dependa de él. Es el que consigue que el equipo funcione incluso cuando él no está.
Cualquier puesto puede ocuparse, cualquier silla puede cambiar de dueño. Lo difícil es sustituir a alguien que dejó confianza, enseñó con el ejemplo y consiguió que otros crecieran a su lado.
Hoy sigo implicándome igual, sigo disfrutando de cada reto. Soy así y nada ni nadie me hará cambiar. Va en mi ADN y en mi forma de actuar.
Pero ya no trabajo para que mi ausencia se note. Trabajo para que, cuando falte, alguien haga bien su trabajo y piense: Esto lo aprendí de él.
Porque sentirse importante alimenta el ego, pero ser importante deja huella.
