La vida nos sigue sorprendiendo con episodios que muchas veces anticipa el cine o las series de ficción (como la angustiosa ‘Apagón’, estrenada en septiembre de 2022) y, que tiempo después, ante la perplejidad general, se convierten en realidad. El gran apagón que afectó el pasado lunes a toda la Península Ibérica es el último ejemplo. Y nos deja muchas reflexiones, algunas de las cuáles muchos ya nos hicimos hace tres años al visionar su anticipo televisivo.
La primera que me viene a la cabeza estos días es el aislamiento geográfico de quienes tenemos la suerte de vivir en un archipiélago como Baleares. La insularidad tiene sus ventajas e inconvenientes, muchas más las primeras. En este caso, nuestro particular sistema energético insular evitó que nos viéramos en la misma tesitura que el resto de españoles.
Esquivar la ausencia de electricidad durante varias horas nos permitió seguir desde la distancia este inesperado e inexplicable episodio, como si estuviera ocurriendo en el lejano Oriente o al otro lado del Atlántico. Aunque, en realidad, la presencia de familiares en la España peninsular o la dependencia profesional de lo que ocurre en el resto del país nos hizo vivirlo a muchos como si también afectara a las Islas.
Entre las reacciones que más me llamaron la atención durante la jornada del gran apagón fue -dramas y rescates de pasajeros aparte- la compulsiva compra de radios ‘de las de antes’, aquellas que nuestros hijos ya no han conocido, las de la rueda del dial y las pilas en la parte trasera. ¡Qué inventos! No envejecen, simplemente se transforman y adaptan a los nuevos tiempos. Como periodista, la radio ha sido y es uno de los medios que siempre me han acompañado y siguen haciéndolo, siempre en el coche y ahora también en los podcasts que podemos escuchar desde las plataformas o redes sociales.
Creo, sinceramente, que es de los medios tradicionales que mejor ha evolucionado en el siglo XXI. Profesionalmente admiro profundamente a algunos de mis compañeros que se dedican o lideran emisoras locales. Cuando hablan de su pasión por la radio, de cómo engancha, no me queda más que escucharlos y darles la razón.
Una radio que, por si no hubiera quedado clara su necesidad durante el gran fallo eléctrico, está incluida como uno de los elementos básicos del kit de supervivencia que recomienda la Unión Europea, y que fue presentado el pasado marzo ante la previsión de una posible crisis a nivel global. Un kit cuyo objetivo es que todos los ciudadanos europeos podamos resistir en casa durante 72 horas en caso de que emergencia o catástrofe.
Como soy de pensar en positivo y no agobiarme más de la cuenta con estas historias, reconozco que hace dos meses me tomé a broma la necesidad de contar con dicho material. La reciente crisis energética debería hacerme cambiar de opinión.
Mientras las autoridades competentes intentan darnos una explicación que no encuentran o no quieren reconocer sobre el famoso apagón, también me quedo con la duda sobre el uso o no de dinero en efectivo. Me costó decidirme por la aplicación de las tarjetas de crédito desde el móvil; era bastante reticente al cambio porque me generaba inseguridad. Una vez aceptado el inevitable uso monetario del móvil, soy de los que rara vez llevo efectivo encima. Si el apagón hubiera afectado a Baleares, quizás también me estaría planteando la necesidad de pasar por el cajero con más asiduidad.
Por último, que no menos importante, me ha sorprendido para bien la reacción general de la sociedad española. Solidaria, paciente (con excepciones) y con buen humor ante una crisis que, conviene remarcarlo, no ha sido ninguna broma. No podemos olvidar el elevado coste económico de una situación tan excepcional que, según los primeros cálculos de la CEOE, supondrá 1.600 millones de euros en pérdidas.
La mayoría no veremos las consecuencias económicas, pero nuestros empresarios, aquellos que según algunos ‘sólo’ cuentan ganancias, deberán cuadrar o asumir tamaño desbarajuste. Esto también debería tenerse en cuenta en jornadas como la del 1 de mayo… o bien durante todo el año. La mayoría de empresarios son grandes supervivientes.
