jueves. 18.07.2024

Lección de vida (y empresarial) en la India

Estos días se cumple un año ya de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, doce meses donde hemos vuelto a ver lo peor del ser humano, la barbarie, el dolor y la crueldad que puede causar un pueblo contra otro. La sinrazón llevada al extremo. La fecha coincide en el tiempo con el regreso del IV viaje de empresarios de Baleares a la India para colaborar en la ‘Alianza Empresarial contra la Pobreza Extrema’ que promueve la CAEB en Anantapur (donde se encuentra el campamento base de la Fundación Vicente Ferrer) y del cuál he tenido la enorme suerte de formar parte.

Suerte y agradecimiento infinito por la oportunidad que la patronal balear me ha brindado de conocer una de las zonas más pobres y humildes del planeta, un lugar especial que no deja indiferente a nadie. Olores, colores, miradas, experiencias, silencios… tenían razón quiénes me decían que vivirlo en persona supera cualquier acercamiento que hayas podido tener desde la distancia.

Además de los incontables proyectos que tiene en marcha la Fundación Vicente Ferrer para ayudar a mejorar la calidad de vida de niños y familias que no tienen nada, la experiencia es toda una lección de vida, la que esas familias y cientos de personas, miles, millones, nos dan a los occidentales, los que hemos tenido la gran suerte de nacer en el Primer Mundo.

El contacto directo con los menores y sus familiares te devuelve, por unos instantes, la fe en la sociedad porque te brinda lo mejor del ser humano. Humildad, generosidad, hospitalidad, alegría y ganas de vivir son aspectos que te transmiten de una forma inexplicable gente que se levanta cada día con el único objetivo de sobrevivir, de comer y, en la medida de sus escasas oportunidades, tratar de encontrar un futuro mejor para sus hijos y/o futuras generaciones. No dan por hecho las tres o cuatro comidas diarias que nosotros disfrutamos, la ropa nueva, ni siquiera el agua o la electricidad, que muchos no tienen, o los vehículos modernos para desplazarse por un territorio infinito donde las infraestructuras distan mucho de asemejarse a las que conocemos en la pujante Europa.

Nuestros ¿problemas? cotidianos (no funciona la wifi, me he quedado sin batería, cómo está la gasolina, aquí no se puede aparcar, los atascos, el ruido del vecino, las discusiones absurdas en casa o el trabajo… y tantas otras banalidades) son pura ciencia ficción en un país donde -al menos en la parte que hemos conocido- tardarán décadas antes de que puedan preocuparse por todos estos ‘inconvenientes’ que en nuestro día a día consideramos tan normales.

Junto a cercanía, la mirada inocente, transparente y alegre, muy alegre, de los niños que hemos conocido, absolutamente imborrable, me quedo también con la aportación desinteresada de todos los empresarios de Baleares que, año tras año, se vuelcan en este y otros proyectos solidarios. Los empresarios, esos ‘seres oscuros’ e ‘insaciables’ que siempre parece querer más y más (nótese la ironía), además de crear empleo, riqueza y bienestar a nuestro alrededor, también tienen un lado solidario que ellos no necesitan difundir ni hacer público.

Pero yo sí quiero hacerlo. Porque soy periodista, porque me gusta contar las historias que vivo y descubro y, sobre todo, porque el apoyo altruista del tejido empresarial de nuestras Islas como el que realiza en Anantapur también debe ser conocido y aplaudido. Principalmente, porque esta colaboración posibilita que muchos niños se vistan, coman o escolaricen, permitiéndoles, gracias al trabajo de proyectos como el de la Fundación Vicente Ferrer, vislumbrar un futuro mejor del que su lugar de nacimiento les ha proporcionado.

Lección de vida (y empresarial) en la India