Recuerdo desde siempre una máxima que tenía y a la que siempre recurro cuando recibo visitas de la Península. “Aquí en Palma está todo a 10 minutos”. Un ‘mantra’ que durante muchos años de mi vida pude cumplir prácticamente sin sobresaltos -quizás denota que me hago mayor- pero que, de un tiempo a esta parte, al hacer uso de esta frase me veo obligado a recurrir a coletillas del tipo “si el tráfico o el aparcamiento lo permiten”.
Estoy convencido de que la hartura o la sensación de agobio a la que nos referimos los residentes cuando nos juntamos alrededor de una mesa o en cualquier charla pre o post reunión, cambiaría radicalmente, si no tuviéramos que convivir con una movilidad que se ha complicado mucho en la última década, entre otras cosas. Porque, eso sí, nosotros seguimos usando el coche para todo, faltaría más, por ‘cabezonería’ y porque la alternativa es el transporte público, y éste daría para otro artículo.
Este agobio - ¿generalizado?, soy de los que piensan que no - vuelve a ponerse de manifiesto durante estas semanas donde la temporada turística está a pleno rendimiento. Un verano más donde el debate sobre los beneficios y la defensa del turismo versus la convivencia con los residentes sigue instalado en la primera línea mediática y en las tertulias de cualquier reunión familiar o de amigos. Un año después, los manoseados términos “saturación turística” o “masificación” sigue llenando los espacios preferentes de los medios de comunicación, de forma más o menos interesada.
Y lo hace con argumentos totalmente enquistados, señalando -injustamente- a nuestro principal motor económico como la diana de todos los males que sufrimos a diario. Sinceramente, creo que hemos perdido la perspectiva. Los 18,7 millones de turistas que visitaron Baleares en 2024 no son los culpables de que nuestros jóvenes no puedan emanciparse, de que convivamos a diario con atascos o que transitar por el Aeropuerto de Palma se haya convertido en inaccesible o una suerte de rompecabezas sin sentido…
Para nada. Es evidente que la cifra de visitantes ha alcanzado su cénit, algo que genera un consenso casi generalizado en un territorio como el insular cuya extensión es finita. Y ya no se puede estirar más. El gran reto es regular el destino, repartir nuestra principal actividad económica durante todo el año -las temporadas de 8-9 meses son ya una realidad-. Una transformación tan necesaria como compleja para que ningún sector del tejido empresarial se resienta. Nadie, como es lógico, quiere perder su tren productivo.
No nos dejemos arrastrar por una minoría, por aquellos que creen que sin turismo viviríamos mejor o que las playas las podríamos disfrutar nosotros sin el ‘incordio’ de miles de turistas, sus sombrillas e incontables enseres. Desde que tengo uso de razón, hemos convivido con millones de visitantes, hemos compartido el territorio, al igual que a nosotros nos gusta visitar otros paraísos y lugares emblemáticos como Baleares. La alternativa al turismo aquí, simplemente, no existe. No llamemos al desempleo y la pobreza.
Estoy convencido, decía, que, si el problema de la movilidad mejorara (no me olvido de la crisis de la vivienda) gran parte de la sensación de agobio que tantos titulares acapara se desvanecería. Si volviéramos a circular por la Vía de Cintura de forma más o menos constante (hay que reconocer algún que otro avance con las obras recientes), si pudiéramos acceder al centro de Palma y encontrar aparcamiento (el último gran parking construido fue el de Marquès de la Sénia… ¡inaugurado en 2006!), si pudiéramos atravesar el túnel de Sóller sin temor a qué nos vamos a encontrar en la Vall o si no tuviéramos que subir a la planta sexta del parking del Aeropuerto para dejar nuestro coche (las 5 primeras son inaccesibles por diferentes motivos), por poner algunas de las recurrentes incomodidades que sufrimos los residentes, nuestras quejas se reducirían considerablemente.
Personalmente, y no es una sensación, circulo mejor por Palma desde que acabaron los colegios… y este verano, como en los últimos, aparco en zonas turísticas de muchos rincones de la Isla a escasa distancia de la playa o del chiringuito. ¿Será que tengo suerte?
