sábado. 18.07.2026

El valor del empresario: liderar en tiempos de alta mortalidad empresarial

Cada año, alrededor del 11% de las pymes españolas cesan su actividad, según datos del Ministerio de Industria. Detrás de esa cifra hay algo más que estadísticas: hay nombres, proyectos, familias y sueños que desaparecen del mapa empresarial.

En un contexto donde los titulares suelen centrarse en las grandes corporaciones, en sus fusiones o en sus anuncios de innovación, la realidad que sostiene de verdad nuestra economía pasa mucho más desapercibida: son las pequeñas y medianas empresas —que representan el 99,8% del tejido empresarial y generan más del 78% del empleo en Baleares— las que mantienen viva la estructura productiva de nuestro país.

Y, sin embargo, pocas veces se habla de sus protagonistas. Ser empresario hoy es un acto de valentía. Es decidir seguir adelante en un entorno donde los márgenes se estrechan, la regulación se complica y la incertidumbre se multiplica. Pero también es una demostración de propósito: de creer que crear empresa sigue siendo una de las formas más nobles de contribuir a la sociedad.

 

Una realidad estructural: empresas demasiado pequeñas para competir

El tejido empresarial español es tan valioso como frágil. El 96,7% de las empresas factura menos de dos millones de euros, y apenas un 5% supera los diez empleados. Este reducido tamaño condiciona la competitividad: dificulta invertir en tecnología, atraer talento, acceder a financiación o profesionalizar la gestión.

En un mercado globalizado y cada vez más exigente, el tamaño importa. Las pymes que no crecen ni se estructuran quedan atrapadas en un círculo de supervivencia: dependen del esfuerzo diario de sus propietarios y carecen de los recursos necesarios para planificar, anticipar o innovar. Esa es una de las principales causas de su alta mortalidad. No porque falte talento o compromiso, sino porque la estructura no acompaña al propósito.

 

La falta de profesionalización: un obstáculo silencioso

A lo largo de los años, he acompañado a muchos empresarios que, con gran intuición y entrega, levantaron proyectos sólidos… pero sin una base organizativa que les permitiera escalar. En sus empresas, las áreas de soporte  —finanzas, personas, tecnología, estrategia— funcionaban de forma artesanal, dependiendo de la memoria o la voluntad de unos pocos.

Esa falta de profesionalización de los servicios centrales no solo limita la eficiencia: también impide tomar decisiones informadas, prever riesgos o responder con agilidad ante los cambios. Por eso, en artículos anteriores hablaba de la necesidad de pasar del instinto a la gestión estratégica, y de reaccionar a anticipar. Son pasos imprescindibles si queremos que las empresas no dependan únicamente del esfuerzo individual de sus fundadores, sino de un sistema sólido capaz de sostener el crecimiento.

 

El propósito como energía que da sentido

Pero no todo es estructura. También he visto que, incluso con recursos, algunas empresas pierden el rumbo cuando olvidan su por qué. El propósito —esa razón profunda por la que una empresa existe más allá del beneficio económico— es lo que permite resistir las crisis y motivar a los equipos cuando todo se complica.

Las empresas que perduran son las que conectan propósito y gestión: las que convierten sus valores en decisiones diarias, y su visión en una forma de trabajar coherente y compartida.
Como decía en un artículo anterior, el propósito no se improvisa: se descubre, se vive y se demuestra cada día.

 

Una llamada a mirar al empresario con otros ojos

La conversación pública suele centrarse en los grandes grupos, pero son las pymes las que sostienen el 78% del empleo en Baleares y casi el 70% del PIB nacional. Cada empresario que mantiene su actividad está aportando estabilidad y cohesión social. Y, aun así, a menudo se le percibe más como beneficiario que como generador de valor.

Creo que es momento de cambiar esa mirada. Necesitamos reivindicar al empresario como un constructor de futuro, alguien que asume riesgos personales para sostener proyectos colectivos. Y, al mismo tiempo, necesitamos acompañarlo en su evolución: ayudarle a crecer, a profesionalizarse y a dirigir con propósito. Solo así reduciremos esa cifra que hoy pesa como una losa sobre nuestra economía: el 11% de pymes que cierran cada año.

 

Liderar en tiempos difíciles

Liderar una empresa en este contexto requiere algo más que conocimientos técnicos: requiere visión, serenidad y capacidad de inspirar. El empresario de hoy debe aprender a equilibrar lo inmediato con lo estratégico, lo personal con lo organizativo, lo rentable con lo humano.

Ese equilibrio, que en próximos artículos definiré como Sustentabilidad Empresarial, es la clave para que las empresas no solo sobrevivan, sino que perduren.

Una invitación a la reflexión

Si eres empresario o directivo, quizás te reconozcas en esta realidad. Te invito a mirar tu empresa con una doble pregunta: ¿Tu empresa está preparada para resistir solo con tu esfuerzo… o para crecer gracias al sistema que has construido?

En mi próximo artículo cerraré esta reflexión abordando el equilibrio que permite a las empresas perdurar: la Sustentabilidad Empresarial.

El valor del empresario: liderar en tiempos de alta mortalidad empresarial