Cada comienzo de año repetimos el mismo ritual con una mezcla entrañable de esperanza y autoengaño. Cambia el calendario y, casi por arte de magia, creemos que ahora sí: ahora sí vamos a ser más disciplinados, más constantes, más saludables, más productivos, más todo. Enero llega con olor a cuaderno nuevo y propósitos recién estrenados que prometen una versión mejorada de nosotros mismos.
El problema no es la intención, que suele ser honesta, sino la lógica que hay detrás. Porque si somos mínimamente sinceros, la mayoría de esos propósitos ya los hemos formulado antes. Algunos desde hace años. Sabemos perfectamente lo que “habría que hacer”: dormir más, comer mejor, hacer ejercicio, organizarnos, leer, calmarnos, vivir con más equilibrio. Información no falta. Lo que falla es el enfoque.
Tal vez ha llegado el momento de probar algo distinto. Algo que suene mal, que chirríe un poco, que no quede bien en una conversación educada de sobremesa: los despropósitos. Un despropósito no es una locura irresponsable ni una huida hacia adelante. No es hacer el caos por sistema ni dinamitarlo todo. Es, más bien, una decisión consciente de salirse del guion automático que llevamos demasiado tiempo repitiendo. Es un gesto —a veces pequeño, a veces grande— que desafía la lógica interna con la que nos gobernamos. Mientras el propósito busca control, el despropósito busca vida. Y no es una metáfora bonita: es una diferencia práctica.
Los propósitos suelen nacer del “deber ser”: lo que toca, lo que se espera de nosotros, lo que queda bien decir en voz alta. Los despropósitos nacen del permiso. Permiso para escuchar una intuición incómoda, una curiosidad antigua o un deseo que llevamos años aparcando con la excusa de que no es el momento. Y, curiosamente, muchos de los cambios importantes en la vida de las personas comenzaron como un despropósito. Cambios de carrera cuando todo parecía encarrilado, relaciones improbables, proyectos sin garantías, decisiones que en su momento parecían poco sensatas y que, con el tiempo, resultaron profundamente coherentes.
Desde la psicología esto no tiene nada de místico. Sabemos que el cambio profundo rara vez se produce por pura fuerza de voluntad. La motivación sostenida no nace del castigo ni de la autoexigencia permanente, sino del sentido. Cuando intentamos mejorar solo desde la disciplina, generamos rigidez. Y la rigidez puede parecer eficaz a corto plazo, pero termina agotando. El despropósito introduce algo esencial: flexibilidad psicológica. Afloja el control excesivo, rebaja la vigilancia interna y abre espacio a la creatividad. Cuando dejamos de apretarnos tanto, empiezan a pasar cosas. No porque todo valga, sino porque dejamos de funcionar en piloto automático.
Algunos despropósitos perfectamente razonables podrían ser no apuntarse a nada nuevo durante un tiempo y tolerar el aburrimiento, hacer algo sin intentar hacerlo bien, decir no a algo interesante para decir sí a algo importante, no tener un plan B, tomarse en serio un deseo que siempre se ha minimizado con un “ya veremos”. No es abandono ni irresponsabilidad; es cuestionar una idea muy arraigada: que solo avanzamos cuando nos exigimos más. A veces avanzamos cuando nos soltamos.
Proponer despropósitos para el año nuevo no implica renunciar a mejorar, sino cambiar la dirección del esfuerzo. En lugar de preguntarnos qué deberíamos corregir, tal vez convenga preguntarnos qué parte de nosotros lleva tiempo pidiendo aire. En lugar de añadir tareas, quizá toque restar. En lugar de prometer más constancia, quizá necesitemos más honestidad. Una forma sencilla de empezar es escribir una lista corta, no más de cinco despropósitos personales. No objetivos medibles, sino permisos. Preguntas incómodas pero fértiles: qué haría si dejara de intentar ser coherente todo el tiempo, qué deseo sigo postergando por miedo a parecer poco sensato, qué pasaría si este año no me corrigiera tanto. No hace falta cumplirlos todos ni cumplirlos al pie de la letra. El valor está en cambiar la conversación interna.
Los propósitos buscan que seamos mejores versiones de nosotros mismos. Los despropósitos buscan que seamos versiones más auténticas. Y, aunque suene paradójico, cuando eso ocurre, el cambio real suele llegar sin necesidad de forzarlo. Tal vez este año no necesitemos más promesas solemnes ni listas heroicas. Tal vez baste con darnos permiso para atrevernos.
