sábado. 18.07.2026

El ego ya no está de moda en las empresas (aunque algunos no se hayan enterado)

lider opinion
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Durante décadas, en el imaginario corporativo se instaló una idea casi cinematográfica: para llegar lejos en una empresa había que caminar rápido, hablar fuerte y tener un ego capaz de ocupar una sala de juntas completa. Parecía que, para alcanzar un cargo directivo, era obligatorio inflarse un poco —o  mucho— la autoestima, como si fuese parte del uniforme. 

Pero la realidad, esa que siempre acaba pinchando globos, nos demuestra otra cosa. 

Los líderes que de verdad destacan no hacen ruido… trabajan 

Si observamos con calma a quienes ocupan posiciones relevantes y respetadas, descubrimos un patrón que no coincide precisamente con los clichés de Hollywood. 

Los líderes sólidos —los de verdad, no los de PowerPoint— no necesitan levantar la voz ni recordarle al mundo lo importantes que son. Su autoridad es intrínseca, fruto de años de constancia, coherencia y resultados. Y, curiosamente, suelen ser personas discretas, de las que escuchan más de lo que hablan, y que jamás entran a una reunión pensando que ya tienen todas las respuestas. 

Tienen una autoestima sana, no hinchada. Seguridad, no soberbia. Y una humildad que les permite reconocer algo que al ego le provoca urticaria: siempre hay alguien que sabe más que tú

Lejos de incomodarles, eso les motiva. Por eso se rodean de personas brillantes, incluso más brillantes que ellos, en lugar de reclutar coros corporativos de aprobación automática, cuya mayor aportación es el “sí, sí, totalmente”. 

La humildad no es debilidad: es una estrategia 

Un líder que reconoce errores no pierde autoridad: la gana. 
Un directivo que escucha no pierde tiempo: lo multiplica. 
Una persona que sabe identificar sus propias limitaciones no se reduce: se expande. 

El autocontrol y la humildad son activos con un retorno de inversión altísimo, aunque todavía haya quien crea que son rasgos de poca ambición. A esos habría que recordarles que también creíamos que los pantalones pitillo iban a durar para siempre, y mira. 

Los profesionales capaces de revisar sus ideas, de aceptar críticas constructivas y de nutrirse de visiones distintas evolucionan con una rapidez que deja atrás a quienes viven en un monólogo perpetuo o, como dice un buen amigo mío, están muy de acuerdo consigo mismos, convencidos de que siempre tienen la razón (y de que, si no la tienen, es porque el resto del mundo está equivocado). 

¿Y qué pasa con los que lideran desde el ego? 

El liderazgo basado en el ego funciona… durante un tiempo. 
Es como una batería barata: aguanta un par de reuniones, tres decisiones rápidas y un par de discursos inspiracionales copiados de YouTube, pero luego empieza a apagarse. 

Porque el ego, aunque hable mucho, no escucha. 
No aprende. 
No delega bien. 
Y tiene una habilidad impresionante para convertir un equipo talentoso en un grupo desmotivado. 

Detrás de esa fachada de “yo lo controlo todo” suele haber —aunque no lo confiesen ni ante un polígrafo— inseguridades, miedo al error, falta de autocrítica y un profundo rechazo a aquello que podría ayudarles más que nada: dejarse enseñar. 

El éxito profesional ya no se mide en decibelios 

Hoy, en las empresas que funcionan, el éxito no va de quién presume más, sino de quién aporta más.  No va de títulos largos, sino de mérito sostenido. No va de parecer un líder, sino de serlo

Quien encabeza un proyecto debe tener confianza, claro. Seguridad, por supuesto. Autoestima suficiente para sostener decisiones difíciles, sin duda. Pero ninguna de esas cualidades se construye desde el ego; todas se desarrollan desde el equilibrio

Porque liderar no es caminar por el pasillo esperando que los demás se aparten: es abrir camino para que los demás avancen contigo. 

Entonces… si no va del ego, ¿de qué va? 

Va de aprender constantemente. 
De buscar opiniones que no siempre coincidan con las tuyas. 
De rodearte de personas que te desafíen y te hagan crecer. 
De renunciar a tener la última palabra y aspirar, en cambio, a tener la mejor solución. 

El ego ya no está de moda en las empresas (aunque algunos no se hayan enterado)