Lo de que a veces la realidad supera la ficción, es algo que seguro que el lector ya ha oído muchas veces. Y en la vida de un detective privado, son muchas las ocasiones en que uno piensa que la investigación que está llevando a cabo o la anécdota que le ha sucedido no desmerecería en alguna película dirigida por Wilder o Houston. Y sí, entre tantos paralelismos, a veces la realidad no solo supera a la ficción, si no que la anticipa.
Quizás usted no lo recuerde, pero en el año 2000 se estrenó una película titulada “Criminal y decente”. Un grupo de ladrones de arte irlandeses se las apañaban para sacar una pintura por la puerta principal de un museo. Museo, que en efecto, había tomado todas las medidas de seguridad posibles, excepto las más elementales: No habían previsto que los ladrones, ataviados como simples turistas, admirarían la pintura y sin más la cogerían y saldrían corriendo. Así, con un par.
Y en este punto, seguro que ya le han venido a la mente noticias bastante recientes en la que otro grupo de delincuentes (menos simpáticos que los anteriores) accedieron a las instalaciones del Louvre donde robaron una serie de joyas con alto valor histórico y económico.
El método no fue mucho más sofisticado que el descrito en el párrafo anterior, y su éxito no radicó tanto en la realización del golpe como en la ineficacia de las medidas de seguridad: Cámaras que no funcionaban, alarmas que tardaron en ser verificadas más de siete minutos, nula atención a las circunstancias exteriores del museo (una escalera de mudanzas?), nula coordinación con las FFCCSS…. En definitiva, un desastre tras otro. Uno se pregunta como es posible que las medidas de seguridad en un museo del prestigio del Louvre no estuvieran preparadas ante un atraco de estas características, y la respuesta solo es una: Por que nunca pasa nada.
Esa respuesta, es una auténtica tortura para los profesionales de la seguridad privada. Digo privada, por que es el sector en el que nos incluímos los detectives privados, y por que la pública depende de profesionales y dispone de unos protocolos más o menos establecidos. Pero la privada depende de un presupuesto y de la voluntad de la empresa o entidad de implementar una seguridad efectiva, y normalmente la idea de afrontar un gasto “innecesario” no es recibida con agrado. Al final, se instalan las cámaras más económicas, se contrata un “segurata”, el más barato, y se olvida el asunto. Hasta que pasa.
No estoy diciendo que cualquier comercio de barrio tenga que tener las mismas medidas de seguridad que Fort Knox, desde luego: las medidas de seguridad deben ser proporcionales y razonables, el problema surge cuando no hay un sistema detrás que vele por el cumplimiento de las normas, de la actualización y supervisión de los medios técnicos y humanos y de la adaptación de los mismos a los nuevos tiempos. Cuando la seguridad se considera un gasto indeseado, la desidia y el pasotismo se instalan en su gestión. Y el resultado, el desastre del Louvre.
Recientemente, mi despacho fue contratado por una entidad de cuyo nombre no quiero acordarme para realizar una consultoría en seguridad en sus instalaciones tanto nivel técnico como humano. En el transcurso de la misma, se detectaron fuertes carencias tanto en instalaciones como procedimientos, que fueron descubiertos y analizados por mi despacho y posteriormente solventados.
Es decir, lo que cualquier entidad debería hacer de una forma más o menos periódica. El principal motivo por el que existían esas carencias es por que no existía una figura en la entidad en la que se centralizaran todos los asuntos relacionados con la seguridad (es decir, un director de seguridad). La formalización de un departamento de seguridad interno fue la primera de las recomendaciones. La buena noticia es que esta entidad se adelantó a un potencial daño y mejoró sus sistemas de seguridad. ¿La mala noticia? Qué es la única. O de las únicas.
Existe en criminología un dogma, que afirma que la seguridad absoluta es imposible. La tipología de sucesos posibles es infinita, ya no solo delincuenciales, pero la diferencia radica en la forma de reaccionar ante ellos. Y pocas, pocas veces, he visto semejando ridículo como el perpetrado en el Louvre.
