En los últimos años he pensado mucho en cómo ha evolucionado nuestra manera de entender el talento. Hemos pasado de verlo como un recurso escaso que se “captaba” en el mercado, a comprender que es un potencial que se desarrolla, se “enamora” (nunca me ha gustado la expresión “retención de talento”) y se acompaña.
No es una percepción subjetiva: según el Informe sobre el Futuro del Empleo del Foro Económico Mundial, la resiliencia, la flexibilidad y el aprendizaje continuo se han consolidado como las competencias más críticas de esta década. El informe destaca que el éxito de las organizaciones ya no depende de 'encontrar' talento externo, sino de su capacidad para transformarse en ecosistemas de formación que cultiven ese talento desde la base.
Ya mi padre, en los años 60’s de la expansión turística, avizoró que las personas eran el principal activo de la empresa, pero cuanto más observo el presente de nuestra industria, más convencido estoy de que el verdadero valor del turismo está en su capacidad para abrir caminos a las personas y ofrecerles oportunidades que transforman vidas.
El turismo no solo mueve viajeros; mueve destinos, comunidades y trayectorias personales. Cada historia de crecimiento que nace en una oficina, hotel o destino tiene un impacto mucho mayor del que solemos imaginar. Y es ahí donde el liderazgo del sector puede marcar una diferencia real.
Un contexto que nos obliga a repensar el talento
Hoy vivimos un momento de enorme complejidad. El reciente informe del World Travel & Tourism Council (WTTC) advierte de un déficit estructural que podría alcanzar los 43 millones de profesionales en nuestro sector para la próxima década si no actuamos de forma proactiva.
Ante este escenario, el ManpowerGroup Talent Shortage Survey 2026 señala un cambio de paradigma: el 27% de las empresas líderes ya priorizan el upskilling (reciclaje profesional) de su propia gente por sobre la búsqueda externa. En este entorno, limitarse a competir por el talento disponible no es suficiente. Necesitamos contribuir activamente a generarlo.
Esa contribución adquiere una dimensión especialmente relevante en el turismo, una industria que opera en realidades muy diversas y que, por su propia naturaleza, tiene una capacidad extraordinaria de crear empleo, integrar a colectivos vulnerables y fomentar el desarrollo local. No se trata solo de cubrir vacantes, sino de sembrar oportunidades allí donde más falta hacen.
La apuesta por el desarrollo: dos ejemplos que inspiran
En República Dominicana, la reciente inauguración de la Escuela de Hostelería y Turismo Gabriel Escarrer Juliá, creada junto al Gobierno y a INFOTEP, me recordó hasta qué punto la formación puede cambiar el destino de una comunidad. Esta escuela, con capacidad para hasta 800 alumnos al año y que rinde homenaje a la figura de mi padre, pionero y fundador de tantas cosas, no es únicamente un centro educativo: es un puente entre el talento local y un futuro profesional que antes parecía inalcanzable para muchas personas. Abre la puerta a jóvenes, a familiares de colaboradores y a vecinos de la provincia de Altagracia que ahora pueden acceder a formación técnica especializada y con estándares internacionales.
En Canarias, un proyecto completamente diferente está teniendo un impacto igualmente transformador. La iniciativa “Urdimbre”, desarrollada junto al Gobierno de Canarias, acompaña a jóvenes migrantes extutelados que han llegado a las islas sin referentes familiares. Muchos de ellos ya han iniciado su trayectoria profesional tras procesos de formación y apoyo personalizado, incorporándose a puestos operativos en un hotel mientras acceden también a alojamiento y acompañamiento. Su integración demuestra que el talento puede aparecer en las historias menos esperadas y que, con el contexto adecuado, estas personas pueden convertirse en parte fundamental de la vida económica y social del destino.
Estos proyectos no son esfuerzos aislados; son la expresión viva de nuestro compromiso responsable 'Travel for Good'. En Meliá, entendemos la sostenibilidad desde una perspectiva profundamente humana: no hay destino sostenible sin una comunidad que prospere en él.
Pero este compromiso con el potencial humano no puede detenerse en la formación inicial o en la contratación. El verdadero reto comienza "en casa". Entiendo el desarrollo interno como una escalera global: hoy, una parte fundamental de nuestra estructura directiva en hoteles proviene de la promoción interna. Apostar por el upskilling y la movilidad internacional es lo que permite que un joven que hoy se forma en Altagracia o en Las Palmas pueda, en unos años, liderar un equipo en cualquier parte del mundo. No solo creamos empleo; cultivamos carreras a largo plazo.
Cuando el talento se convierte en historia
Lo más valioso de estas iniciativas no son las cifras ni los acuerdos institucionales, sino las historias personales que nacen de ellas. Pienso en los jóvenes dominicanos que entran por primera vez en un aula técnica, algunos descubriendo que tienen habilidades que nunca imaginaron.
Son historias sencillas, pero profundamente significativas. Nos recuerdan que el talento no siempre se expresa en un currículum. A veces se encuentra en la determinación de empezar de cero, en la capacidad de adaptarse, en el deseo de aprender. Y cuando el sector es capaz de reconocer ese valor, todos ganamos: las personas, los destinos y las propias empresas, que se enriquecen con diversidad, compromiso y nuevas perspectivas.
Mirar hacia adelante: el talento como legado compartido
Creo firmemente que el futuro del turismo dependerá de nuestra capacidad para generar entornos donde las personas puedan crecer. No basta con identificar talento; hay que cultivarlo, acompañarlo y abrir espacios donde pueda desarrollarse plenamente. Tenemos que enamorar a nuestras personas, no “retenerlas”. Y tenemos que incorporar a todas a nuestra evolución tecnológica y digital, sin dejar a nadie atrás. Porque la innovación, la digitalización o la sostenibilidad serán fundamentales en los próximos años, pero no sustituirán lo esencial: la fuerza transformadora de las personas.
Si algo he aprendido al ver de cerca estos proyectos es que abrir una puerta puede parecer un gesto pequeño, pero para quien la cruza puede cambiarlo todo. Y en esa capacidad de abrir caminos es donde el sector turístico tiene la oportunidad de dejar su mayor legado.
