sábado. 20.07.2024

Las paradojas de la economía balear

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La economía balear vive una curiosa paradoja. Por una parte, es la que con más rapidez ha enfilado el camino de recuperación de la crisis, la que más puestos de trabajo crea, la que encabeza el índice de afiliación de nuevos autónomos y la que muestra unos mejores parámetros de confianza empresarial.

 

Todos estos datos, sin duda altamente positivos, van de la mano de la sucesión de unas temporadas turísticas que han marcado nuevos récords de visitantes y que, en este año 2016, se han completado con un período anormalmente largo de contrataciones vacacionales, hasta el punto de que incluso en meses tradicionalmente improductivos para la búsqueda de empleo, Baleares ha sido capaz de mantener un listón apreciable en ofertas de trabajo.

 

Sin embargo, y ahí reside la paradoja, estos registros que invitan claramente al optimismo no se están viendo acompañados por una efectiva recuperación de la renta, esto es, el poder adquisitivo de los ciudadanos de Baleares y su capacidad para consumir y adquirir bienes y servicios.

 

Muy al contrario, en este aspecto nuestras islas continúan perdiendo posiciones en el ránking general del Estado. Si hace dos décadas, o quizás algo menos, Baleares lideraba, al alimón con la Comunidad de Madrid, la tabla de renta per cápita por habitante, hoy en día ocupa una discreta séptima posición y ha sido superada claramente no solo por Madrid sino también por otros territorios autonómicos, como Navarra, País Vasco, Aragón, La Rioja o Cataluña.

 

No deja de resultar curiosa esta circunstancia si se tiene en cuenta que no hace demasiados años la mayor parte de estas Comunidades se hallaban a una distancia más que considerable de la renta balear. Las diferencias empezaron a estrecharse a partir del comienzo del milenio, y hoy en día la situación es exactamente a la inversa, o sea, es Baleares la que va perdiendo fuelle económico mientras los territorios anteriormente mencionados lo van ganando.

 

La pregunta del millón es por qué se ha instaurado esta dinámica. ¿Por qué, mientras la economía balear gana enteros y se recupera, sus ciudadanos son, en cambio, cada vez más pobres? Al margen de la interpretación que puedan dar de ello los expertos, cuya opinión, por supuesto, resulta mucho más autorizada que la mía, me arriesgaría a consignar varios datos.

 

El primero es el aumento de la población. Ninguna otra Comunidad en España ha experimentado la evolución demográfica al alza que se ha registrado en Baleares, incluso en los peores años de la crisis. Ese incremento del número de habitantes ha venido propiciado, además, por la llegada de colectivos de bajo poder adquisitivo que, al haberse instalado en gran número en las islas, y por ende en un período con escasas expectativas laborales, han contribuido poderosamente a menguar el desarrollo de la renta per cápita en el archipiélago.

 

Sin embargo, no es ese el único elemento a tener en cuenta. Un fenómeno cada vez más preocupante es la pérdida de competitividad de Baleares en sectores en los que, anteriormente, presentaba niveles de actividad y de generación de riqueza verdaderamente notables.

 

De hecho, muchas veces se comete el error de interpretar la evolución económica balear exclusivamente en términos del boom turístico. Ciertamente, la conversión de las islas en un destino vacacional de primer orden a partir de los años 60 y los primeros 70 disparó las posibilidades de Baleares como tierra de oportunidades. Pero lo hizo acompañado de una más que aceptable rentabilidad de otros sectores, como el agrario o el industrial, que en aquella época, y en algunas otras posteriores, seguían ofreciendo perspectivas de empleo y negocio.

 

Hoy ya no es así. El monocultivo turístico ha echado por tierra la diversificación de la economía productiva en Baleares, y ese es un camino claramente negativo que costará mucho desandar. La dependencia del turismo es mucho más elevada en nuestras islas de la que era décadas atrás, y esta circunstancia no solo malogra las opciones de una parte considerable de la población, sino que, además, obliga a Baleares a vivir siempre bajo la espada de Damocles de que la evolución de la temporada sea positiva o negativa.

 

Por supuesto, hay un tercer factor del que no me quiero olvidar, porque como representante de Mallorca en el Senado me preocupa especialmente. Me estoy refiriendo a la infrafinanciación de nuestra Comunidad Autónoma.

 

No es un problema nuevo, por supuesto, y todos los partidos políticos que han ejercido, en un momento u otro, responsabilidades de gobierno hemos de entonar el ‘mea culpa’ por no haber sido capaces de encontrar soluciones verdaderamente útiles y resolutivas.

 

Cuando en estas islas atábamos los perros con longanizas, como se suele decir, los efectos de la infrafinanciación no parecían tan graves, lo cual no significa que no lo fueran. De estos polvos, estos lodos, si se me permite recurrir de nuevo a la siempre rica colección de sabias sentencias populares.

 

No obstante, es ahora cuando la infrafinanciación balear se nos aparece en toda su dimensión y magnitud. Y precisamente por ello todas las formaciones políticas, sean de gobierno o de oposición, defiendan unos postulados ideológicos u otros, hemos de comprometernos a trabajar intensamente para que el progresivo empobrecimiento de la renta balear se vea, al menos en parte, neutralizada por una distribución más justa y solidaria de los recursos.

Las paradojas de la economía balear