Este tema que hoy comparto no es banal, al menos no lo ha sido para mí a lo largo de mi trayectoria profesional. Para algunos, sentir demasiado una empresa es un defecto, para otros, una virtud y para mí, ha sido y es una de las experiencias más bonitas y también más peligrosas de mi vida profesional. Porque cuando uno dedica tiempo, energía, pasión y hasta parte de su vida personal a un proyecto, es inevitable crear un vínculo emocional.
Yo lo he vivido en las empresas donde he trabajado anteriormente y lo sigo viviendo hoy en Summum Hotel Group. He celebrado éxitos como si fueran míos, he sufrido los problemas como si afectaran a mi propia casa, he sentido orgullo cuando las cosas salían bien y preocupación cuando las cosas se torcían y por descontado, escucho mucho a la familia pues suele tener una mirada más fría y sabia. Al final uno acaba entendiendo algo importante: sentir la empresa no significa poseerla.
Ahí está la gran diferencia entre disfrutar del compromiso o acabar sufriéndolo, porque existe una debilidad en las personas que vivimos el trabajo de esta manera: el desgaste emocional.
Cuando haces tuyos todos los problemas, acabas cargando pesos que no siempre te corresponden y sin darte cuenta, puedes sacrificar demasiado: familia, salud, tiempo, tranquilidad e incluso relaciones profesionales. Duele descubrir que, aunque des el 200%, la empresa seguirá siendo una estructura empresarial y no una extensión de tu vida.
La mayor amenaza aparece cuando el compromiso deja de ser sano y se convierte en dependencia emocional, entonces llegan las frustraciones, las decepciones y la sensación de injusticia cuando el reconocimiento no llega como esperabas, porque nadie debería olvidarse de algo esencial: el valor profesional debe existir también fuera de la empresa.
Pero, aun así, sigo creyendo que las personas que sentimos una empresa como propia marcamos diferencias. Somos las que cuidamos los detalles cuando nadie mira, las que protegemos la reputación de la marca, las que empujamos en silencio en los momentos difíciles, las que sostenemos equipos, cultura y proyectos.
Y sí, esa actitud genera liderazgo, confianza y crecimiento, pero también despierta envidias, recelos y, en ocasiones, menos reconocimiento del que merece. Aun así, trabajar con alma nunca será un error.
La verdadera oportunidad está en encontrar equilibrio: amar tu trabajo sin dejar de cuidarte, defender un proyecto sin perderte a ti mismo, dar lo mejor de ti sin olvidar quién eres fuera de una empresa.....Porque cuando logras separar la pasión de la posesión, aparece la versión más madura y sana del compromiso profesional.
Sigo creyendo que trabajar con sentimiento y pasión vale la pena y que las empresas necesitan personas implicadas, humanas y leales. Pero también hay algo que jamás deberíamos olvidar: la empresa puede no ser nuestra, pero nuestra vida sí lo es.
