Donde el mar, la cocina y la emoción se encuentran
Hay lugares que no solo se visitan, sino que se sienten. Blue Tamarindo, en la tranquila costa de Son Serra de Marina, es uno de ellos. Frente al Mediterráneo, rodeado de brisa salina y calma natural, este restaurante no es solo un sitio donde se come bien: es un refugio sensorial, una experiencia. Y al timón de este proyecto está Federiko Multhaup Etxeberria, un hombre con una historia marcada por el cruce de culturas, la sensibilidad gastronómica y una mirada profundamente humana hacia la cocina. Hace unos días hablé con él y me transmitió exactamente lo que uno encuentra en su restaurante: autenticidad y mucho corazón.
Una vida entre culturas
Federiko nació en San Sebastián, uno de los epicentros gastronómicos de Europa, pero su vida cambió a los 9 años cuando su madre lo llevó, junto a sus hermanas, a vivir a Alemania. “Esa experiencia me marcó profundamente”, confiesa. Y es fácil creerlo. El cambio de idioma, de entorno y de referentes culturales lo convirtieron en alguien cosmopolita, pero también con los pies bien anclados en la tierra. Ese contraste —raíces fuertes y alas abiertas— es una de las claves de su cocina.
El nacimiento de una idea
El proyecto de Blue Tamarindo nació desde una conexión casi mágica con el espacio. Federiko conoció el lugar cuando colaboraba con su copropietaria, Zaloa Velle Pavón. “Desde el principio sentí una conexión muy fuerte con el sitio”, recuerda. Y es que Blue Tamarindo no fue construido: fue revelado.
Su energía natural, la paz que transmite el entorno, y la forma en la que el mar parece detener el tiempo, marcaron el inicio de una visión que fue tomando forma entre conversaciones, intuiciones y fogones.
Una cocina que habla con voz propia
La propuesta culinaria de Blue Tamarindo no busca copiar ni impresionar gratuitamente. Es una cocina que habla de territorio y también de viaje. Federiko lo expresa con claridad: “El paladar vasco se forma desde la cuna”. Esa base sólida se complementa con la creatividad del chef Hugo, cuya trayectoria —que incluye experiencia en un restaurante con estrella Michelin— se nota en cada plato.
El entorno juega también su papel. Desde hierbas recolectadas en la zona hasta productos del mar y de la tierra mallorquina, todo suma para una cocina fresca, vibrante y muy conectada con el lugar. “Mallorca es un paraíso gastronómico”, afirma Federiko. Y lo dice con la sonrisa de quien cocina desde el disfrute, no desde la presión.
Platos con alma y un toque de mestizaje
Cuando le pregunto por un plato que defina la esencia del restaurante, no lo tiene fácil. “Todos son como hijos para mí”, dice. Pero termina confesando su debilidad por los espaguetis “Tres Mares”, una fusión marinera que sorprende por su sabor y su equilibrio. También destaca los pescados frescos, las carnes seleccionadas y las sugerencias del día, que siempre llegan “llenas de color, creatividad y cariño”. En algunos platos asoman influencias asiáticas, un guiño al mestizaje cultural que define tanto a Federiko como a Hugo. “Yo soy su padre… y Hugo es quien los interpreta”, dice, con una mezcla de orgullo y gratitud.
El poder de la emoción
Quizás lo más valioso de esta entrevista no fue la descripción de los platos o la técnica culinaria, sino la visión emocional que Federiko tiene de su trabajo. Uno de los comentarios de clientes que más lo ha emocionado resume ese enfoque: “Una joya especial en Mallorca para los cinco sentidos. Y si existiera un sexto, también sería Blue Tamarindo.” Ese “sexto sentido” puede ser la intuición, el amor por el detalle o simplemente la capacidad de hacer sentir al otro que está en un lugar especial. Blue Tamarindo no solo alimenta: conecta.
En tiempos donde la gastronomía corre el riesgo de volverse espectáculo, Blue Tamarindo representa lo contrario: una vuelta a lo esencial, a lo genuino, a lo que se cocina y se sirve con intención. Y en Son Serra de Marina, frente al mar y bajo la luz tamizada de un lugar con alma, eso se nota y se recuerda.
