miércoles. 01.07.2026

El turismo de cruceros está cambiando de piel, y lo hace con un impacto cada vez más visible en tierra. Lejos de la imagen del visitante fugaz, el nuevo perfil de crucerista gasta, duerme y regresa. Esa es la principal conclusión del informe anual de la CLIA, que pone cifras a una transformación clave para destinos como Baleares.

El dato que más llama la atención es contundente: 7 de cada 10 pasajeros participan en excursiones organizadas en los destinos que visitan. A esto se suma otro indicador relevante para las economías locales: el 64% pernocta al menos una noche en la ciudad de embarque o desembarque. Es decir, el crucero ya no empieza ni termina en el barco, sino en el destino.

Este cambio de comportamiento refuerza un mensaje que el sector lleva tiempo defendiendo: el crucerista no es un turista de paso, sino un generador de actividad económica directa. Restauración, comercio, transporte y oferta cultural son algunos de los principales beneficiados de esta evolución hacia un viaje más “inmersivo”.

El informe también apunta a un dato estratégico: alrededor del 60 % de los pasajeros vuelve posteriormente a destinos que descubrió en su crucero. Una cifra que convierte a esta industria en una potente herramienta de captación turística a medio plazo.

En palabras de Nikos Mertzanidis, los itinerarios están diseñados con años de antelación en coordinación con puertos y ciudades, lo que permite generar un flujo turístico “predecible y organizado”, un factor especialmente relevante en destinos tensionados por la estacionalidad.

En paralelo, España consolida su posición como mercado emisor. En 2025, 635.000 residentes optaron por un crucero, un 4,1 % más que el año anterior. Esta evolución sitúa al país como el cuarto mercado europeo y el noveno a nivel global.

El perfil del crucerista español también aporta pistas sobre la tendencia: edad media de 44,7 años, viajes principalmente por el Mediterráneo y el norte de Europa, y estancias de algo más de una semana. Un cliente cada vez más alineado con experiencias completas y personalizadas.

Para Alfredo Serrano, este crecimiento responde a una mejor adaptación de la oferta a las preferencias del viajero nacional y a la ventaja competitiva de contar con múltiples puertos de salida en el país.

El crecimiento de la demanda viene acompañado de fuertes inversiones. Solo en 2026, las navieras incorporarán ocho nuevos buques, con una inversión de 6.600 millones de dólares. A largo plazo, el sector prevé más de 60 nuevos barcos hasta 2037.

Uno de los aspectos más relevantes es el avance hacia una flota más flexible energéticamente: más de la mitad de los nuevos barcos estarán preparados para operar con motores multifuel, en línea con la transición hacia combustibles más sostenibles.

Más allá de las cifras de pasajeros, el sector demuestra su peso en la economía. En España, la industria de cruceros generó en 2024 unos 64.000 empleos y una contribución de 8.600 millones de euros, con cerca de 3.900 millones aportados directamente al PIB.

En el conjunto de Europa, el impacto asciende a 64.100 millones de euros y 445.000 puestos de trabajo, confirmando que se trata de una industria con fuerte efecto tractor.

Para territorios insulares como Baleares, donde el debate sobre el modelo turístico está más presente que nunca, estos datos introducen un matiz relevante: el crucero, cada vez más, no solo trae visitantes, sino que los convierte en consumidores del destino.

La cuestión de fondo ya no es si este turismo genera impacto, sino cómo gestionarlo para maximizar su retorno sin tensionar el territorio. Un debate que, a la vista de los datos, seguirá ganando protagonismo.

El turista de crucero deja más dinero en tierra: excursiones, pernoctaciones y retorno...