miércoles. 12.06.2024

Al aterrizar en el aeropuerto de Hong Kong para hacer escala, tendrás que escanear tu pasaporte y permanecer durante unos segundos ante una cámara que analizará tus rasgos faciales. El proceso es totalmente automatizado, y ningún operador estará a cargo de gestionarlo. Una vez completado, podrás retirar tu pasaporte y acceder a la zona de embarque del aeropuerto, donde podrás dirigirte a tu siguiente vuelo.

A la hora de embarcar en este segundo vuelo, no será necesario que escanees tu pasaporte. Ningún operador te lo solicitará para revisarlo manualmente. Bastará con que mires a una cámara situada en la puerta de embarque, y, tras reconocer tus rasgos faciales, registrará tu embarque y te permitirá el acceso a tu vuelo.

La tecnología de reconocimiento facial en China es la más avanzada del mundo, y se utiliza para un sinfín de objetivos. Todas las cámaras de seguridad repartidas por el país cuentan con este sistema incorporado, de forma que reconocerán al instante a cualquier persona que cometa un crimen en cualquiera de las calles del país que se encuentren bajo su control. Y cada vez son más las áreas públicas bajo el escrutinio de estas cámaras.

El sistema es tan avanzado que puede detectar pequeños crímenes por sí solo y emitir multas en consecuencia. Cruzar la calle por cualquier área que no sea un paso de peatones, por ejemplo, o saltarse un semáforo en rojo, es detectado de inmediato por el sistema de seguridad de China, que a su vez deduce el importe de la multa de la cuenta bancaria de la persona infractora, y le resta ‘puntos’ de ciudadanía. Todo esto en cuestión de segundos.

Las pérdidas económicas de las multas son disuasorias, pero el sistema de puntuación civil lo es aún más. Si se tiene una puntuación baja se limita el acceso a servicios. Por ejemplo, la velocidad de internet contratada se ve reducida, se restringe el paso a ciertas zonas públicas, se limita el privilegio de adquirir entradas a eventos, e incluso se puede denegar el derecho a viajar de forma interna o externa al país.

El registro de las huellas dactilares y los rasgos faciales son dos de las claves del control biométrico de China. Y, por espeluznante que parezca, lo cierto es que no es exclusivo del país asiático. Es cierto que China lo está llevando al extremo gracias a su autocracia tecnológica, pero también los Estados Unidos y múltiples países de la Unión Europea están adoptando medidas para incrementar la presencia de la vigilancia biométrica en sus territorios.

En España, sin saberlo, llevábamos años de ventaja a muchos otros países con el registro de las huellas dactilares para la emisión de DNI y pasaportes. Algo que en el país hemos dado por sentado desde hace tanto, resulta que es un vestigio del sistema de control civil franquista. Más recientemente, sin embargo, está siendo adoptado por otros países de Europa, e incluso se está incorporando como requisito para quienes visiten la UE durante sus vacaciones.

La preocupación por la seguridad de nuestros datos privados resulta entonces evidente, y se suma a muchas otras amenazas para nuestra privacidad en el mundo digital en que vivimos. Prácticamente cualquier teléfono que nos rodea cuenta con tecnología de reconocimiento facial y lectura de huellas dactilares, por no hablar de la masiva cantidad de cámaras y micrófonos que podemos encontrar en todas partes: incluyendo nuestro propio hogar.

Resulta cuanto menos extraño que ni los smartphones ni los ordenadores portátiles incluyan por defecto una pestaña manual para cubrir la cámara. Se diría que debe estar siempre al descubierto, nos guste o no. Solo un puñado de dispositivos, como los asistentes Echo de Amazon, permiten cerrar la cámara manualmente… pero no el micrófono, que registra cada sonido de la habitación, y que ya ha sido objeto de usos perniciosos.

En esta vertiginosa carrera por la privacidad, se diría que los usuarios estamos en mucha desventaja. Solo un puñado de herramientas están siendo desarrolladas para ayudarnos a protegerla, mientras que las demás parecen diseñadas para vulnerarla. Un gestor de contraseñas, por ejemplo, protege tus cuentas para prevenir hackeos, y buscadores como DuckDuckGo están pensados para respetar tu privacidad. Pero ¿es suficiente?

Si bien los sistemas de control biométrico como la lectura de huellas dactilares o el reconocimiento de rasgos faciales pueden ser útiles para proteger nuestras apps de banca online o nuestros pagos contactless, lo cierto es que se trata de sistemas de control que se nos están yendo de las manos. Basta una deriva autoritaria de un gobierno para que nuestras propias huellas se vuelvan en nuestra contra. ¿Dónde debemos trazar la línea?

Los países están adoptando medidas biométricas para combatir el crimen