miércoles. 24.07.2024

La leyenda del rey bueno

Era sé una vez, allá en una fortaleza situada en una isla muy pequeña, un rey bueno.

Era un caso inhóspito, algo excepcional. Siempre se ha considerado que los reyes eran malos: trataban mal a la corte, ejecutaban sin compasión a aquel que les fallara, se quedaban los diezmos y no repartían el pan.

Este rey bueno repartía con su pueblo, daba empleo a la juventud y les enseñaba con esfuerzo a como ser guerreros.

Un buen día, cuando el rey bueno fue a entrenar a sus pupilos, una de sus jóvenes escuderas, con negro corazón pero blancas las manos, no se levantó para seguirle. Mientras el rey le tendía la mano, ella le gritó que no quería luchar más, odiaba ser soldado y debía pensar si quería defender ese castillo. No tenía sangre de guerrera, por eso siempre tropezaba. Solo ansiaba techo y cobijo. Ella quería dedicarse a la comedia.

Los gritos de sus compañeros rebotaban en las paredes de piedra, haciendo cada vez más pequeño el espacio para pensar. En cualquier otro reino, la deserción es pagada con la muerte. Fue entonces cuando, el rey bueno, mandó callar a toda su corte que se había alzado en armas, la escuchó comprensivo, y la alentó a perseguir su propósito:

—“Puedes marcharte si así lo deseas y nadie pronunciará palabra. Te prestaremos un caballo. Ahí a fuera hay cientos de oficios que no requieren manchar tus manos, pero en mi agencia solo quiero guerreros.”

La escudera asintió y echo a andar sin más. Mientras caminaba por los sendos pasajes del castillo con tembloroso paso, empezó a cavilar y se cercioró de que emprendía un arduo camino. Debería cruzar bosques y ríos hasta encontrar un lugar donde le dieran una oportunidad. El oro que había acumulado no era suficiente como para sobrevivir. Fue entonces cuando quiso dar la vuelta.

—“Que necio es el rey. Pelearé sin ganas, sudaré sin gotas y cuando tome todo el oro que deseo, marcharé sin más” pensó ella, esbozando una sonrisa ladina.

Sin embargo, cuando echó la vista atrás, ya estaba fuera del castillo y las enormes puertas de acceso se habían cerrado. Aún quedaba una ventanita abierta por la que poder comunicarse con el interior.

—“Hola mi rey. Lo he pensado mejor y quiero volver a postrarme a su izquierda.”

—“Lo siento, no requerimos bufones en este castillo. Tampoco temerosos. En mi agencia solo quiero guerreros” sentenció de nuevo la voz grabe del rey desde las profundidades de su fortaleza, esa que tanto sacrificio había costado erigir y tanto esfuerzo valía mantener en pie.

La escudera sin escudo ahora había comprendido su error. Había confundido ser bueno con ser necio. Por muchos planes que urdiera para colarse en la fortaleza y robar el oro, nunca tumbaría las puertas de ese lugar. Inexorablemente, tuvo que medirse con su valentía y luchar con su destino. Solo una cosa era clara, jamás volvería a ver un rey bueno.

La leyenda del rey bueno