En España —y especialmente en territorios con una fuerte identidad como Mallorca— los grandes clubes deportivos son mucho más que una cuenta de resultados. Son historia, sentimiento, memoria colectiva y un punto de encuentro intergeneracional. El Real Club Deportivo Mallorca es un ejemplo claro de cómo una entidad deportiva representa a miles de personas que han crecido, sufrido, celebrado y construido parte de su identidad alrededor de unos colores.
Esta reflexión volvió a ponerse sobre la mesa recientemente durante una sesión del Business Club del Real Mallorca, en la que Andy Kohlberg, propietario y máximo accionista del club, compartió una visión especialmente lúcida sobre las diferencias entre modelos de gestión deportiva y empresarial a ambos lados del Atlántico.
Kohlberg explicó con claridad cómo, en Estados Unidos, la gestión de los clubes se aborda principalmente desde una lógica estrictamente empresarial. El deporte es, ante todo, un negocio: los equipos pueden cambiar de ciudad, de nombre o incluso de identidad sin que exista una fidelidad emocional tan profunda por parte del aficionado. El vínculo con el club es más flexible, más móvil, y no necesariamente está ligado a un territorio ni a una historia personal.
Frente a este modelo, la realidad europea —y muy especialmente la española— es radicalmente distinta. Aquí, el aficionado no “elige” un club: nace con él. Crece con él. Lo hereda. Cambiar de ciudad no implica cambiar de equipo. La fidelidad no se compra ni se traslada; se construye durante décadas. Y este factor, profundamente humano y emocional, condiciona de forma decisiva cómo deberían gestionarse estas entidades.
En este punto, resulta especialmente relevante una reflexión que surgió durante el encuentro y que incluso fue planteada desde el público asistente: la aparente paradoja de que la actual propiedad norteamericana del Real Mallorca ha sabido entender y respetar la idiosincrasia del club, su conexión con la tierra y sus valores culturales, en algunos aspectos incluso más que anteriores propiedades de origen mallorquín.
Lejos de imponer un modelo ajeno, la gestión liderada por Andy Kohlberg ha tratado de anclar su estrategia en la historia del club, en el sentimiento de pertenencia y en la identidad de la isla. Esta sensibilidad hacia el entorno no es un detalle menor, sino una decisión estratégica que demuestra que comprender el territorio, su cultura y su gente es clave para la sostenibilidad y el éxito a largo plazo de una entidad deportiva.
Desde esta perspectiva, Kohlberg puso el acento en una idea fundamental: el dinero es importante, pero no lo es todo. La gestión de un club como el Real Mallorca no puede desligarse del impacto social, del respeto a su legado y del vínculo emocional con su afición. No se trata solo de maximizar beneficios, sino de generar valor en un sentido mucho más amplio: social, identitario y territorial.
Este planteamiento abre un debate cada vez más necesario en el deporte profesional español: cómo equilibrar la exigencia económica, la rentabilidad y la profesionalización con el respeto a la historia, al sentimiento y a la memoria colectiva. Los clubes no son empresas convencionales, y gestionarlos como tales, sin atender a estos factores, suele conducir a una desconexión peligrosa con su base social.
Gestionar bien una gran entidad deportiva implica escuchar, entender el contexto y asumir que el éxito no se mide únicamente en cifras, sino también en confianza, pertenencia y cohesión social. En este sentido, iniciativas como el Business Club del Real Mallorca ayudan a tender puentes entre el mundo empresarial y el deportivo, fomentando una cultura de gestión más consciente y alineada con los valores del territorio.
Porque, al final, los propietarios pasan y los gestores cambian, pero la afición permanece. Y comprender —y respetar— esa realidad no es una debilidad empresarial, sino una de las mayores fortalezas del modelo deportivo europeo.
