sábado. 18.07.2026

Cuando el mundo se apaga

Estas horas he vivido en primera persona algo que, para muchos europeos, ya no es un mero relato de telediario: el apagón total. En pleno viaje por Asturias, cayó de golpe esa sensación de invulnerabilidad en la que nos movemos a diario. Semáforos apagados, bares y restaurantes con el personal de brazos cruzados, supermercados vacíos, parkings inaccesibles, recomendaciones oficiales de no salir de casa… Y, lo más inquietante: sin teléfono móvil, sin internet, sin información, sin posibilidad de contacto. Nada. Un corte abrupto con la vida tal y como la entendemos hoy.

Durante demasiado tiempo nos hemos apoltronado en nuestra cómoda existencia de “primer mundo”, confiando ciegamente en que la electricidad, el agua corriente, las redes de comunicación y el acceso a bienes básicos estarían ahí siempre, al alcance de la mano, como un derecho natural, inalterable. No es culpa nuestra: crecimos en un entorno donde el confort era tan cotidiano que dejó de ser un privilegio para convertirse en una obviedad.

Pero la realidad, tozuda y a veces incómoda, nos recuerda de vez en cuando lo frágil que es todo lo que damos por sentado.

No quiero caer en el alarmismo apocalíptico que tan bien explotan las plataformas de series y películas. El mundo no se acaba porque un temporal derribe unas cuantas líneas de alta tensión. Tampoco voy a construir una teoría conspirativa sobre el futuro inmediato del planeta.

Sin embargo, me cuesta ignorar que estos episodios pueden ser más que accidentes aislados. Vivimos tiempos de transformación profunda, climática, energética, geopolítica… y los cimientos de nuestra vida diaria pueden tambalearse más de lo que estamos dispuestos a aceptar.

Lo que más me impresionó no fue la incomodidad de no tener luz o calefacción. Fue la vulnerabilidad emocional que sentí al quedarme incomunicado, aislado, sin poder acceder a algo tan básico hoy como una llamada o un mensaje. Somos criaturas tecnológicas, atadas a dispositivos que, paradójicamente, nos hacen más dependientes que nunca.

Quizás va siendo hora de replantearnos algunas cosas. De entender que la seguridad absoluta no existe, que la resiliencia no es un concepto reservado a países remotos o a tiempos de guerra, sino algo que deberíamos incorporar en nuestro día a día. No para vivir con miedo, sino para vivir con consciencia.

Hoy el mundo sigue girando. Las cafeteras vuelven a sonar, los parkings abren sus barreras, los móviles vibran de nuevo en nuestros bolsillos. Pero el eco de estas horas a oscuras debería servirnos de advertencia: nuestro hábitat, nuestra normalidad, nuestra “zona de confort” no son eternas. Adaptarse, prever y, sobre todo, valorar lo que ahora tenemos, puede que sea más urgente de lo que creemos.

Cuando el mundo se apaga