A vueltas con el doloroso descenso del Mallorca a Segunda División, materializado el pasado fin de semana en Son Moix y que tanto nos afecta a los mallorquinistas de corazón, comentaba recientemente con un familiar las caídas a la categoría de plata que uno ya ha vivido. Ya he presenciado seis de los nueve descensos, lo que me ha ayudado estos días a sobrellevar el luto de un desastre deportivo poco comparable con los anteriores.
Confirmando con mi interlocutor los años de los descensos, requerí del conocimiento de la Inteligencia Artificial para corroborar los años que el Mallorca ha perdido la máxima categoría, evidenciando un error manifiesto de la aplicación tecnológica.
“Te has equivocado en un año”, le interpelé, convencido del error porque había repasado días atrás los años de los descensos en un periódico tradicional. Sí, de esos que además de ‘en papel’ ya se leen en plataformas, pero que mantienen un elevado nivel de credibilidad: el que ofrecen las firmas periodísticas, sin lugar a duda. “Es verdad”, me reconoció de inmediato la aplicación, actualizando las fechas y acertando al segundo intento.
Este sencillo ejemplo, no el único que ha podido comprobar desde que hago uso, aún de forma esporádica, de las nuevas aplicaciones que nos está proporcionando la IA, refuerza mi planteamiento sobre la incorporación diaria de las nuevas herramientas digitales y que no sabemos hasta dónde alcanzará. Soy de los que no se cierran a la innovación y el progreso, al contrario, me fascina todo lo nuevo que va llegando a nuestro día a día, tanto en lo personal como especialmente en lo profesional, donde mi desempeño además me obliga a estar a la vanguardia tecnológica. Pero, de momento, la fiabilidad de la ‘máquina’ que gestiona la IA, que depende del entrenamiento que le demos los usuarios, está tan en entredicho que me impide su mayor uso: no se puede dar nada por bueno, es más, se debe comprobar cada dato o texto obtenido.
No hablo solo desde la experiencia altruista. De hecho, este invierno llevé a cabo la acción formativa Inteligencia Artificial para empresas 2026 de CAEB, que está teniendo muy buena acogida a nivel empresarial, con el objetivo de profundizar un poco más en la invasión de la IA. Tras completar el curso y compartir sensaciones con el profesor, mantuve mi percepción a día de hoy: IA, sí, no queda otra, pero ligada al factor y el conocimiento humano. Y lo afirmo sin temor a lo que venga, que está aún por predecir, por mucho que cada día surjan expertos más o menos reconocidos que pronostiquen el final de éste o aquél sector profesional.
De hecho, lo comparo mucho con el aterrizaje de Internet, que me cogió durante mi etapa universitaria. El mundo ‘online’ transformó muchos sistemas o formas de trabajar, pero, por llevarlo a mi profesión, no acabó con la prensa (en papel) de manera fulminante, como auguraban no pocos expertos. Más bien al contrario, más de dos décadas después, el ‘papel’, en diferentes formatos, sigue vivito y coleando. Por no hablar de la radio, el medio que mejor se ha adaptado a la nueva era de la comunicación digital.
Hoy en día todo lo hacemos o focalizamos a través del móvil o las pantallas. Los que somos padres y sufrimos la adicción de nuestros hijos, compartimos desesperación y temor a partes iguales por no lograr hacer entender a los jóvenes que hay alternativas sociales muy gratificantes que no requieren del teléfono, o que los peligros que les acechan están, ahora más que nunca, escondidos tras una apariencia tan real como nociva creada desde la IA.
El documental Desconnectats, una serie de tres episodios dirigida por la periodista Elisabeth Moll y emitido -también disponible- por IB3 debería ser de consumo obligatorio. La IA está para quedarse; pero no sin el factor humano.
