sábado. 18.07.2026

Lo que aprendí al darme permiso para subirme a un escenario TEDx

Supongo que conocéis TED, esa organización dedicada a difundir ideas que vale la pena compartir a través de charlas breves, poderosas e inspiradoras. En los últimos años, estas charlas se han convertido en un espacio global donde personas de todo el mundo comparten experiencias, conocimientos y descubrimientos. Hoy quiero contaros lo que significó para mí vivir la experiencia de participar en TEDx Porto Pi.

Hablar en público siempre me ha parecido un reto estimulante, pero subirme a un escenario TED no era simplemente “una charla más”. Fue una experiencia transformadora que me llevó a revisarme, a afinar lo que pienso y a dar un paso hacia algo mucho más profundo: exponerme con autenticidad. Mi charla se tituló 'Darse permiso para atreverse', y, curiosamente, fue exactamente ese permiso el que tuve que darme en cada etapa del proceso.

Aceptar un reto de este tipo no es solo una cuestión de preparación técnica o experiencia previa. Es, sobre todo, una decisión emocional y personal. En mi caso, implicó revisar creencias, soltar exigencias internas y aprender a confiar. El impacto fue grande: en cómo me veo, en cómo comunico y también en cómo acompaño a otros en su propio desarrollo, tanto personal como profesional.

Todo empezó con una idea clara: muchas personas, especialmente profesionales con talento, no se atreven a dar ciertos pasos porque están esperando sentirse “suficientemente preparados”. Yo quería hablar de eso. Pero transformar una idea potente en una charla de 18 minutos que conecte, emocione y deje huella… es otra historia.

Escribir el guion fue más introspectivo de lo que imaginaba. No se trataba solo de estructurar argumentos, sino de elegir con honestidad qué historias compartir, qué silencios respetar, qué frases sostener con intención. Cada ensayo frente al espejo o con colegas cercanos se convirtió en una pequeña sesión de coaching: ¿esta frase suena a mí?, ¿lo digo por impacto o porque lo siento?, ¿estoy realmente convencido de lo que afirmo?

La preparación técnica también fue exigente, pero nunca me sentí solo. Grabé vídeos, marqué el ritmo con cronómetro, trabajé la entonación, el lenguaje corporal, la mirada. Pero, sobre todo, entrené algo esencial: la capacidad de estar presente. Aprendí que en una charla como esta no basta con saber lo que vas a decir; tienes que estar dispuesto a sentirlo, en vivo, delante de todos.

El día del evento, los nervios estaban ahí, claro. Pero al pisar el escenario, sentí algo muy parecido a lanzarse al agua: ya no hay vuelta atrás, solo queda confiar en que el cuerpo sabe flotar. Lo sorprendente fue que, en cuanto empecé a hablar, se generó una conexión. Vi en el público atención, emoción, reconocimiento. Al terminar, no tenía una percepción clara de cómo había ido, si había entonado adecuadamente o si el mensaje había llegado.  Solo sabía que había estado ahí.

Lo que vino después fue igual de revelador. Personas que no conocía se acercaron para decirme que mi charla les había hecho pensar en decisiones que llevaban tiempo postergando, en conversaciones que necesitaban tener, en cosas que querían cambiar. Esa respuesta confirmó algo que siempre he intuido: cuando alguien se atreve, permite que otros se atrevan también.

A menudo, en el mundo profesional, nos enfocamos en adquirir conocimientos, habilidades, títulos. Todo eso es valioso. Pero hay una dimensión del desarrollo que solo se activa cuando salimos de la zona de confort y nos arriesgamos a hacer algo difícil, algo que nos importa de verdad.

Hablar en público con el corazón abierto, emprender un proyecto sin garantías, tener una conversación pendiente, mostrar vulnerabilidad en un entorno competitivo... Todo eso nos convierte en profesionales más sólidos y más humanos. No porque salga perfecto, sino porque nos entrena en coraje, autenticidad y resiliencia.

Además, atreverse tiene un efecto multiplicador. Nos obliga a ordenar ideas, a escuchar con más profundidad, a aceptar la crítica, a sostener silencios incómodos. Y eso no solo mejora la oratoria: mejora el liderazgo, la empatía y la manera en que tomamos decisiones importantes.

No esperes a sentirte completamente preparado para hacer algo importante. Si lo haces, puede que esperes toda la vida. A veces, el permiso no viene de fuera: viene de dentro. Y cuando te lo das, empiezan a pasar cosas.

Mi paso por TEDx no fue una meta alcanzada, sino una puerta que se abrió. Me recordó que cada vez que nos atrevemos, crecemos. Y que cada vez que crecemos, inspiramos —sin quererlo— a otros a hacer lo mismo. Atrévete, no porque estés seguro, sino porque estás listo para avanzar. El permiso, al final, es tuyo. ¡Gracias TEDx Porto Pi!

Lo que aprendí al darme permiso para subirme a un escenario TEDx