martes. 21.07.2026

¿Hasta dónde podemos cambiar nuestro destino?

Tenemos la suerte de que nuestras nietas, mellizas de 7 años, nos visitan con frecuencia. Y no podemos evitarlo: al mirarlas, sentimos que ya intuimos cómo serán sus vidas. ¡Tan parecidas y tan diferentes! Las observamos, y con esa mezcla de atención e intuición que da el cariño, imaginamos sus destinos.

 

A una la vemos contestataria, creativa, capaz de ir a contracorriente. A la otra, más sociable, encantadora, pendiente de los demás y resolutiva. A partir de ahí, casi sin querer, construimos en nuestra mente sus futuras trayectorias, como si ya estuvieran predeterminadas. Pero… ¿De dónde nace ese presentimiento? ¿Es prejuicio, experiencia acumulada o una lectura fina del contexto? Y, sobre todo, ¿tenemos razón? ¿Está el destino marcado desde el principio, o se escribe con cada decisión?

"La idea de que nuestro destino ya está trazado ha atravesado culturas, religiones y filosofías durante siglos"

La idea de que nuestro destino ya está trazado ha atravesado culturas, religiones y filosofías durante siglos. Sin embargo, la pregunta sigue abierta, aunque hoy se formule de otro modo: ¿somos realmente libres para elegir qué hacemos con nuestra vida? ¿O estamos condicionados por fuerzas que no controlamos?

Sabemos que no partimos de una hoja en blanco. La genética nos ofrece un punto de partida: el temperamento, las predisposiciones hormonales, ciertas capacidades cognitivas o emocionales. Pero no todo está en los genes. La psicología ha demostrado que el estilo de apego, las experiencias tempranas y las relaciones significativas influyen profundamente en cómo nos desarrollamos.

Y luego está el entorno social. Aquí entra en juego el sociólogo Pierre Bourdieu, con su concepto de habitus: un conjunto de disposiciones adquiridas desde la infancia, dentro de un contexto social determinado, que condicionan lo que creemos posible o imposible para nosotros. El habitus no dicta lo que haremos, pero sí define el campo de juego. Moldea nuestras creencias sobre qué opciones son “naturales” o “impropias”, qué caminos son imaginables… y cuáles ni siquiera se nos ocurren.

Una persona criada en un ambiente sin referentes universitarios puede no imaginarse nunca estudiando una carrera, aunque tenga las capacidades. No por falta de talento, sino porque su visión del mundo no contempla esa posibilidad como algo propio.

La neurociencia ha venido a complicar aún más las cosas. Algunos experimentos muestran que el cerebro toma decisiones fracciones de segundo antes de que seamos conscientes de haberlas tomado. ¿Significa eso que no somos libres? No exactamente. Otros estudios apuntan a que sí poseemos capacidad de veto, de planificación, de autocorrección. La libertad, quizá, no es absoluta, pero sí existe como una ventana abierta: pequeña, pero crucial.

Los filósofos discuten esto desde hace siglos. ¿Somos esclavos de las causas anteriores o podemos decidir? Algunos sostienen que incluso si todo estuviera determinado, seguimos siendo responsables de actuar según nuestras propias razones. Es una forma de libertad más modesta, sí, pero no menos valiosa.

Desde la perspectiva de Bourdieu, el cambio es posible, aunque no fácil. El habitus puede transformarse cuando una persona entra en contacto con otros mundos: una beca, un viaje, una lectura, un mentor… algo que rompa el guion aprendido y le muestre versiones nuevas y posibles de sí misma.

También hay resistencias. El miedo a traicionar los orígenes, la falta de modelos alternativos, la mirada ajena que presiona para seguir el camino previsto. Y, sin embargo, hay personas que logran torcer el rumbo, no por arte de magia, sino gracias a una combinación de oportunidades, coraje y apoyo.

¿Y la intuición? ¿De dónde sale esa certeza visceral sobre el destino de alguien? Tal vez leemos, sin saberlo, señales sutiles: posturas, gestos, tono de voz, energía. Tal vez también proyectamos nuestros propios temores o deseos. La intuición puede ser sabia… o puede engañarnos. Lo cierto es que todos, en el fondo, necesitamos contarnos una historia con sentido.

"El destino no es solo lo que nos ocurre, sino cómo lo interpretamos"

Porque el destino no es solo lo que nos ocurre, sino cómo lo interpretamos. A veces sentimos que algo era inevitable solo porque ya ha sucedido. A veces dotamos de coherencia a una cadena de accidentes. Incluso reescribimos el guion, empezando desde el final y mirando hacia atrás.

Nos conmueve y asombra ver cómo nuestras nietas van tejiendo su destino día a día. Tal vez no exista un único camino. Tal vez haya bifurcaciones, atajos, desvíos, rutas que se abren y se cierran según lo que decidamos mirar, a quién escuchemos o qué riesgo nos atrevamos a tomar.

Eso es, quizás, lo más misterioso —y hermoso— de vivir.

Nota: Para la elaboración de este artículo se ha utilizado inteligencia artificial como herramienta de apoyo en la recopilación y organización de ideas.

¿Hasta dónde podemos cambiar nuestro destino?