Lo confieso: Tengo una manía profesional que desconozco si comparten mis compañeros de profesión, y es volver al lugar donde se han desarrollado antiguas investigaciones. Quizás sea por esa curiosidad que me impulsa a observar, a analizar el comportamiento humano y las reacciones en cadena que se producen en esa combinación acto-consecuencia, o simplemente por que soy un cotilla, pero la tentación de regresar al lugar de los hechos, y ver los silenciosos cambios que nadie percibe es algo que me resulta irresistible.
Esos cambios, pueden ser más o menos visibles para el común del ciudadano (desconocedor de la intervención de detectives privados en su calle), pueden incluso pasar completamente inadvertidos debido a esa discreción en nuestra actividad, o puede ser sencillamente inexistente por que todo sigue igual.
Recientemente, en un servicio desarrollado en un lugar de Mallorca de cuyo nombre no quiero acordarme, estuve muy cerca de un domicilio en el que pasé, por única vez en mi vida profesional, miedo. En el transcurso de mis investigaciones he tocado todos los palos: narcotráfico, estafadores, tráfico de personas, psicópatas, simples listillos… situaciones que ponen los pelos de punta y que obligan a actuar con la máxima de las cautelas, y de las que solo se sale indemne si el detective demuestra que tiene horchata en las venas.
Sin embargo, la sensación en aquel domicilio se salía de lo habitual. Se me ocurre una comparación muy adecuada: hay dos tipos de películas de terror. Las de que hacen saltar al espectador del asiento a base de sustos, y las que le introducen en un clima de tensión y de mal rollo que va calando hasta la médula. No es necesario ver una gota de sangre, solo es esa sensación de temor que te hace ir al baño mirando por encima del hombro.
En el citado domicilio, ya acudimos el equipo de nuestra agencia con un cierto escepticismo. Cuando nos solicitan un servicio de localización de micrófonos o cámaras ocultas, siempre dudamos que realmente sea necesario. Normalmente, la persona se deja influenciar por series de televisión, películas, y su desconocimiento al respecto pone la semilla de una obsesión que luego resulta muy fácil de regar.
Al potencial cliente se le advierte de esto, pero luego quien toma la decisión final es él mismo, ya que uno es detective pero no psiquiatra y por que además, en alguna ocasión me he tenido que tragar mis palabras, pensando que no había nada y sí había. Y volviendo al caso que les refiero: así lo hicimos, nuestro potencial cliente entendió las advertencias y aún así, quiso seguir adelante, con una cierta normalidad hasta el momento en que se abrió la puerta del domicilio.
No puedo entrar en muchos detalles por respeto a esa persona, pero me dirigí solo al domicilio, mientras mi compañero, ingeniero en telecomunicaciones, esperaba en el coche aparcado a un par de calles. Por puro protocolo y cortesía profesional me gusta acudir a este tipo de servicios solo, para poder conversar con el cliente en total confidencialidad. Una vez se han comentado aquellos aspectos en los que quiera incidir, ,acude el personal técnico al lugar.
Sin embargo, al abrirse la puerta del domicilio cualquier indicio de racionalidad y de sentido común desapareció: en un mes cualquiera del verano balear, todas las ventanas y puertas exteriores de la casa estaban completamente cerradas, con las cortinas puestas y mantas por encima de las mismas. Los muebles habían sido apartados a una esquina y sustituidos por decenas de fotografías de un familiar fallecido. No había luz en la casa (solo un par de velas) y nuestro cliente (a quien probablemente la luz del día no le había tocado en semanas) no quería encenderlas porque a través de las bombillas, desde el exterior, y con los mecanismos adecuados, podían leer su pensamiento.
Y a partir de ahí, todo fue a peor. Y sí, pasé miedo. No fue la misma sensación que cuando uno piensa que le puedan haber descubierto, momento en que como ya comenté el detective saca lo mejor de si mismo para salir indemne. Fue miedo a la facilidad con que uno puede caer en la trampa de la irracionalidad: de lo fácil que es sembrar esa semilla, por los motivos que tenga cada uno, y dejar que el tiempo y el riego del día a día hagan lo suyo.
Evidentemente, esa persona estaba enferma. A pesar del secreto profesional, por una mera cuestión de humanidad quisimos comentar el asunto con las autoridades policiales de la zona, ya que la situación de esa persona no era sostenible y podía suponer un peligro para sí misma, o incluso terceros, pero como es lógico ellos tampoco podían hacer nada. Evidentemente, necesitaba ayuda, pero mientras esa misma persona no lo solicite o lo ordene un juez, nada hay que se pueda hacer.
Recientemente, como dije al principio, volví a pasar por el domicilio. Permanecí varios minutos a unos metros del mismo, pensativo. La fachada del domicilio era idéntica, pero instantes más tarde, llegó al lugar un vehículo que estacionó justo delante. Una abuela y su nieto salieron del coche y mientras la primera metía en la casa un par de bolsas del supermercado, el pequeño jugaba con un perrito que alborotado había salido a recibirlos. Finalmente, los tres entraron a la casa y las ventanas se abrieron para dejar pasar el aire de un precioso día primaveral.
Desconozco que pasó con nuestro cliente. Quizás ahora tenía familiares que le cuidaran, o quizás estaba recibiendo tratamiento médico en un lugar más adecuado. Lo desconozco, y probablemente no lo sepa nunca, aunque le deseo lo mejor. Para el ciudadano común, esas ventanas abiertas no tendrán mayor trascendencia ni absolutamente ningún significado especial, pero a mí, detective ya con cierta experiencia en marrones varios, siempre me estremecerán.
