sábado. 18.07.2026

El siglo XXI habla chino ¿qué significa esto para la economía balear?

Siempre digo lo mismo cuando hablo de China, no soy procomunista, no defiendo su sistema político ni su falta de libertades. No creo en la censura, no creo en el control del Estado sobre la vida privada y no pienso que un modelo autoritario sea exportable o deseable para una sociedad como la nuestra.

Pero también digo otra cosa. Es imprescindible observar a China con atención, porque entender cómo y por qué avanza es fundamental para que España, Europa y Occidente no se queden atrás. China no es solo un país; es una civilización que piensa en milenios, no en legislaturas, y esa diferencia lo cambia todo. Si hay algo que define a China es la cultura del esfuerzo radical. No es el esfuerzo motivacional que entendemos en Occidente, sino un esfuerzo que se vive como responsabilidad moral hacia la familia y hacia la nación. Funciona sobre la idea de que uno debe sacrificarse porque los padres se sacrificaron antes y porque los hijos dependerán del trabajo de hoy.

Esa mentalidad está profundamente vinculada al pensamiento de Confucio, que tras 2.500 años sigue totalmente vivo en la escuela, la empresa y la vida cotidiana. Confucio enseñaba disciplina, orden, respeto, sacrificio personal y progreso como obligación colectiva. Todo esto se refleja en ejemplos concretos, como el día en que un tifón obligó a cerrar las escuelas un martes y el gobierno anunció inmediatamente que la jornada perdida se recuperaría el sábado. Nadie protestó. Todos fueron.

Ese sentido de responsabilidad colectiva por encima del confort individual explica buena parte de la disciplina y productividad que caracterizan a la sociedad china. Mientras Europa cambia de prioridades cada cuatro años según quién gane unas elecciones, China opera con planes quinquenales, planes a quince y veinte años, e incluso estrategias tecnológicas a treinta. No improvisan, no corrigen rumbo con cada ciclo electoral, no dependen de un gobierno u otro. Esta continuidad explica por qué han logrado liderar en apenas una década sectores como la inteligencia artificial aplicada, la robótica industrial, la supercomputación o el dominio del mercado mundial de baterías. Sus avances no son casuales, son planificación, disciplina y constancia.

China tampoco se entiende sin su ecosistema industrial único en el mundo. No hay “otra China”. Ningún país puede fabricar barato, rápido, con calidad, en volumen y con toda la cadena de suministro integrada como ellos. Hoy producen el 30% de todos los bienes industriales del planeta y tienen capacidad para producir el 70%. Lo complementa un consumidor extremadamente exigente, que compara todo, estudia todo y pide constantemente productos nuevos. Y lo complementa también una diáspora gigantesca, cincuenta millones de chinos de primera y doscientos ochenta millones segunda generación repartidos por el mundo, que forman una red económica de influencia incalculable.

En la negociación, la cultura china es igualmente singular, escuchan, analizan, observan silencios y descubren más información de la que un occidental revela hablando demasiado. Y cuando adoptan una tecnología, no se limitan a copiarla; la mejoran, la abaratan, la escalan y terminan liderándola. No es casualidad que controlen el 70% de la industria global de baterías o que estén a la cabeza de la inteligencia artificial aplicada a la vida real, mientras Occidente se concentra en aplicaciones de consumo.

Otro factor clave es su estructura política interna, que sin ser democrática, sí es profundamente meritocrática. En China no gobiernan jóvenes sin experiencia. Los altos cargos llegan al poder con más de treinta años de trayectoria en gestión, administración y dirección de ciudades que muchas veces tienen más habitantes que países enteros. No se asciende por marketing, se asciende por resultados, disciplina y eficacia. Puede no gustarnos el sistema, y de hecho no es deseable para Occidente, pero explica la estabilidad y continuidad con la que el país avanza.

El gran error de Occidente es subestimar a China. Durante demasiado tiempo se la ha visto como un lugar de copias baratas, pero ese relato hace años que dejó de ser verdad. China no quiere convencernos ideológicamente; no quiere que seamos comunistas ni que adoptemos su modelo político. Lo que quiere es que dependamos económicamente de ellos. Su estrategia es clara, que compremos allí, que necesitemos sus productos, que sea imposible competir con su industria y que montar fábricas propias resulte más caro que importarles. No buscan confrontación, buscan dependencia. Y lo están consiguiendo.

Yo no admiro el comunismo ni sus límites a la libertad individual. Pero sí admiro los resultados. Y lo que preocupa no es lo que China hace, sino lo que nosotros dejamos de hacer, no pensamos a largo plazo, no invertimos suficiente en tecnología, no cuidamos la cultura del esfuerzo, no defendemos sectores estratégicos, no desarrollamos industria propia y no tenemos una estrategia común como continente. China avanza no por magia, sino porque nosotros estamos quietos. Lo que deberíamos aprender de China no es su sistema político ni su falta de libertades. Deberíamos aprender su capacidad para pensar a largo plazo, su respeto por el esfuerzo y la excelencia, su inversión real en tecnología, su protección de sectores críticos y su comprensión de que la competencia global no espera a nadie.

La conclusión es simple, China no es perfecta, pero es disciplinada, estratégica y decidida. No se trata de imitarla, sino de entenderla. Porque, nos guste o no, China va a escribir buena parte del siglo XXI, y la peor estrategia para Europa es mirar hacia otro lado. No hace falta ser pro-China para reconocer su importancia; hace falta ser pro-realidad. Y todo esto no es un debate lejano ni abstracto. Tiene una traducción directa en Mallorca y en nuestro comercio local.

Mientras China planifica a 30 años, nosotros seguimos sin una estrategia clara para proteger y modernizar el pequeño comercio, que es uno de los pocos motores económicos estables que tiene la isla al margen del turismo. En China, la disciplina productiva y la inversión tecnológica generan una competencia imparable, capaz de inundar Europa con productos más baratos, más rápidos y muchas veces de mejor relación calidad-precio.

Si Mallorca no impulsa la digitalización de su comercio, no mejora la logística, no protege a las tiendas de barrio y no piensa a largo plazo, quedaremos atrapados entre dos fuerzas enormes, el gigante chino por un lado y las grandes plataformas globales por otro. El comercio mallorquín necesita estrategia, no improvisación; necesita visión de años, no de temporadas. Entender cómo avanza China nos ayuda a ver lo que debemos cambiar en nuestra propia casa antes de que sea demasiado tarde.

El siglo XXI habla chino ¿qué significa esto para la economía balear?