El mayor enemigo del pequeño comercio de Mallorca es, en nuestra opinión, el propio pequeño comercio. Intentaré explicarlo sin herir demasiadas sensibilidades. Es más que evidente la creciente desafección de los consumidores de Mallorca hacia buena parte del pequeño comercio. Este fenómeno responde, en gran medida, a dos razones principales.
Por un lado, y quizá el problema más importante, están los cambios en los hábitos de consumo, especialmente entre los más jóvenes. Este cambio afecta sobre todo al comercio relacionado con el vestido, el calzado y los complementos. Las compras online han provocado el mayor distanciamiento de los consumidores respecto al comercio tradicional.
Según el último informe del ONTSI (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad), el comercio electrónico alcanzó en 2025 un volumen de gasto de 110.000 millones de euros en España. Lideran estas compras la denominada Generación Z —los nacidos entre 1997 y 2012—, los primeros que han crecido con internet, redes sociales y smartphones desde pequeños, así como los Millennials o Generación Y (nacidos entre 1981 y 1996), también plenamente habituados a las nuevas tecnologías.
El 54% de los españoles declararon en 2025 que aumentarían sus compras por internet, destacando la compra de ropa (76%) como el producto estrella del comercio electrónico. En Baleares, seis de cada diez ciudadanos de entre 16 y 74 años compran por internet, ya sea a través del ordenador o del smartphone.
Por otro lado, muchas familias han convertido las visitas a los grandes centros comerciales en una forma de ocio. Cada vez es más habitual ver a familias con niños paseando por estos espacios y aprovechando para realizar todo tipo de compras.
En este contexto, el pequeño comercio mallorquín no ha sabido adaptarse a estos nuevos hábitos de consumo. En muchos casos ha dejado de lado las nuevas tendencias, especialmente en lo que se refiere a los consumidores jóvenes. Tampoco ayudan las poco atractivas campañas que, en ocasiones, impulsan las federaciones del sector, más pendientes de las ayudas institucionales que de explorar nuevas vías para recuperar a los clientes perdidos. Entre ellas, por ejemplo, la creación de grandes zonas comerciales a cielo abierto, donde los comercios de una o varias calles se coordinen para dinamizar la compra presencial.
Aún peor es la situación del comercio dedicado a la alimentación y las bebidas. Este tipo de establecimientos ha ido desapareciendo poco a poco de la mayoría de los barrios de nuestras ciudades. Hoy sobreviven, en muchos casos, únicamente en zonas con población envejecida o con alta presencia de inmigrantes, siendo estos últimos quienes, en numerosas ocasiones, gestionan estos negocios. A este sector lo ha golpeado con fuerza la proliferación de grandes supermercados en los barrios de Palma.
Hoy resulta difícil encontrar un barrio que no cuente, al menos, con un Eroski, un Mercadona, Lidl o Aldi. Para muchos pequeños comercios de alimentación, esta expansión ha supuesto la puntilla definitiva. Una parte del pequeño comercio sigue convencida de que los clientes llegarán por sí solos. Pero eso solo era posible hace 35 o 40 años.
Hoy, especialmente entre los jóvenes, existe una enorme cantidad de información sobre tendencias, precios y productos. Además, la posibilidad de comprar desde el móvil, sin desplazamientos, sin colas y con una enorme variedad de artículos, ha cambiado completamente las reglas del juego.
En definitiva, al pequeño comercio —o al menos a una gran parte de él— le ha faltado visión y capacidad de adaptación a las nuevas formas de consumo. Por eso, y aunque resulte incómodo reconocerlo, el enemigo del pequeño comercio es, muchas veces, el propio pequeño comercio.
