En el marco de la segunda edición de Marca Baleares, una iniciativa de Disset Consultors para visibilizar el papel de las marcas líderes en la proyección de la imagen de las islas, Santiago Pons Quintana, director de operaciones de la emblemática firma zapatera, repasa la trayectoria de la empresa fundada en 1953 en Alaior y el esfuerzo que ha realizado para adaptarse a los tiempos sin perder su esencia.
Para el directivo, la marca Baleares debería ser un “elemento adicional” a la identidad propia de Pons Quintana, capaz de proyectar al mundo un territorio conocido no solo por su atractivo turístico, sino también por su capacidad industrial y creativa. “Hay suficiente conocimiento de Baleares como para que tenga una referencia fija, aunque a menudo se olvida que aquí también se generan productos con mucho valor añadido que llegan a los cinco continentes”, explica.
La relación de la empresa con Menorca es inseparable. A pesar de las dificultades logísticas y la “doble insularidad” que condiciona la actividad industrial en la isla, la compañía nunca se ha planteado deslocalizar. “La unión con Menorca ha sido más poderosa que los inconvenientes. Compensamos los retos con la voluntad de continuar una artesanía tan importante en la isla”, afirma.
Una identidad de marca centrada en la artesanía
Hoy, Pons Quintana se define por su apuesta por la artesanía de máxima calidad y el diseño cuidado, proyectándose a un mercado global desde un enfoque selectivo: “No vamos al gran volumen, sino a los nichos que hay alrededor del mundo”, señala Pons Quintana.
El carácter artesanal no es un simple atributo, sino la esencia misma del proyecto. “Si no hiciésemos el planteamiento artesanal que hacemos, probablemente no existiríamos. El trenzado, uno de nuestros buques insignia, es imposible de mecanizar. Necesita tiempo y cariño. Gracias a ello seguimos existiendo, a diferencia de muchas empresas de calzado que han desaparecido en Menorca o Mallorca.”
Una marca con proyección internacional
La internacionalización forma parte del ADN de la firma desde sus inicios. El primer pedido se destinó a Islandia y, desde entonces, la estrategia ha sido “salir, salir y volver a salir”. En los años 70 ya estaba presente en mercados como Japón, Inglaterra, Francia o Estados Unidos. Ferias como la de Milán han sido clave para esa expansión, que también se ha atrevido con destinos lejanos como Mongolia, Kazajistán, Sudáfrica o Nueva Caledonia.
El sello de origen es otro valor añadido. “El Made in Spain es importante administrativa y comercialmente. Fabricar en la UE tiene mucho peso. Y el Made in Menorca forma parte de nuestro logo: Pons Quintana Menorca 1953. Es autodescriptivo y, en los últimos años, el nombre de Menorca ha ganado fuerza, lo que también nos ayuda”, apunta el directivo.
El gran desafío de la marca pasa por gestionar con éxito la transición generacional y mantener su relevancia en un mercado en constante cambio. En ese camino, la combinación de artesanía, producto y marca sigue siendo la clave, junto con las inversiones en canales online y nuevas líneas de negocio que refuercen la posición de la empresa a medio y largo plazo.
A la hora de hacer balance, Pons Quintana lo tiene claro: “Estoy muy orgulloso de formar parte de mi familia y de esta historia de más de 70 años haciendo un producto de calidad. En las empresas familiares se priorizan cosas más allá del beneficio: conservar el legado, la historia y hacer que esta historia nos trascienda y continúe”.
