Luego existen otras pérdidas mucho más raras. Las que nunca llegaron a existir.
Un proyecto que parecía imparable y terminó en un cajón. Una promoción que casi tocabas con la mano y se quedó en un casi. O aquella llamada que nunca llegó. No ocurrió nada. Y, sin embargo, cuesta olvidarlo.
Con los años he comprobado algo curioso: el dolor no siempre viene de lo vivido. A veces viene de lo imaginado, de aquello que sentimos tan real, durante un tiempo, que llegamos a darlo por hecho. Quizá a eso podríamos llamarlo la nostalgia de lo que no fue. Suena raro, porque la lógica protesta enseguida. “¿Cómo va a doler algo que nunca ocurrió?” Pero la vida no es solo hechos. Es expectativas, posibilidades, futuros que empezamos a construir mucho antes de saber si llegarán.
En el mundo profesional pasa todo el tiempo. Al directivo que no asciende no le duele el cargo. Le duele la persona que pensaba ser cuando lo ocupara. Un emprendedor no siempre lamenta el fracaso de una idea: a veces lo que echa de menos es la ilusión con la que se levantaba cada mañana mientras esa idea seguía viva. Y quien abandona un proyecto descubre, demasiado tarde, que se estaba despidiendo de una parte de sí mismo, no solo de un trabajo. Por eso hay oportunidades que pesan durante años sin haberse materializado nunca. Pesan por lo que despertaron, no por lo que eran.
El psicólogo Carl Gustav Jung decía algo parecido: que somos, en la misma medida, lo que hicimos y lo que dejamos sin vivir: los talentos aparcados, los deseos que escondimos porque no encajaban con la imagen que queríamos dar. Es curioso. A veces creemos que nos persigue una oportunidad perdida. En realidad, quien sigue llamando a la puerta es una parte de nosotros que todavía espera salir.
Por eso el autoconocimiento pasa por revisar lo que hicimos bien o mal, y también por mirar de vez en cuando hacia los caminos que abandonamos demasiado deprisa. No para instalarte en el “¿qué habría pasado si…?” ya que ese ejercicio no lleva a ningún sitio. La pregunta interesante es otra: ¿Qué estaba buscando realmente cuando deseaba aquello? Puede que no fuera aquella empresa. Era la libertad. O que ni siquiera fuera esa persona sino la versión de ti mismo que aparecía cuando estabas con ella.
Cuando entiendes esto, pasa algo curioso: la nostalgia deja de doler y se convierte en información. Eso tiene mucho que ver con el liderazgo. He conocido directivos que se venían abajo ante una crítica menor, o estallaban por un fracaso pequeño. No estaban respondiendo al presente. Estaban defendiendo viejas heridas que seguían abiertas. También he conocido otros capaces de decir algo mucho más sencillo: “Esto me ha dolido más de lo normal. Será mejor que entienda por qué.” Esa frase vale oro. Porque deja de buscar culpables y empieza a buscar comprensión.
Ahí empieza el liderazgo, mucho antes de dirigir personas y tomar decisiones. Empieza cuando uno deja de pelearse con su propia historia. Madurar es aceptar lo que ocurrió. Y despedirse, también, de las vidas que no vivimos. Sin resentimiento, sin convertirlas en un paraíso imaginario, solo agradeciendo que, durante un tiempo, nos enseñaron algo de quiénes éramos. Quizá algunas posibilidades nunca aparecieron para hacerse realidad. Aparecieron para mostrarnos una dirección. Y eso cambia la forma de recordarlas. Porque lo que nunca ocurrió también forma parte de nuestra biografía. No es una ausencia. Es una pista.
