Saber adaptarse puede parecer algo muy cotidiano, pero no siempre reflexionamos sobre ello y sobre todo, quizás por orgullo o por cabezonería, no aceptamos las situaciones personales y profesionales que nos tocan vivir y no nos adaptamos a ello.
Pero las circunstancias no las podemos elegir, como por ejemplo personas con maneras de ser diferentes a las nuestras, cambios que llegan sin avisar, decisiones con las que no siempre estamos de acuerdo, o cuando la salud nos da un vuelco, en mi caso que me dagnotiscaran cáncer. En definitiva, situaciones que sencillamente no dependen de nosotros.
Una de las cualidades más valiosas en todos los ámbitos es la capacidad de adaptación. En ocasiones confundimos adaptarse con resignarse y no son lo mismo. Resignarse es bajar los brazos y adaptarse es encontrar la mejor manera de seguir avanzando sin perder nuestra esencia.
Seguro que habéis conocido profesionales que no eran necesariamente los más inteligentes ni los que tenían más experiencia, pero son capaces de mantener la serenidad cuando de repente su día a día "sufrian" un cambio. Profesionales que entienden que no siempre pueden controlar lo que ocurre, pero sí cómo responder ante ello.
Tener por seguro que la realidad rara vez se adapta a nosotros y mucho menos la vida se adapta a nuestras circunstancias (esta frase la utilizo mucho en mis charlas). Debemos ser nosotros quienes debamos aprender a convivir con diferentes estilos de liderazgo, distintas formas de trabajar, nuevas tecnologías o equipos con sensibilidades muy diversas.
Quien espera un escenario perfecto para dar lo mejor de sí probablemente vivirá frustrado, pero quien aprende a adaptarse, convierte cada cambio en una oportunidad para crecer. Aunque, en ocasiones, cueste mucho adaptarse y asimilar el cambio.
La adaptación no significa renunciar a nuestros valores, al contrario, significa demostrar que nuestros valores son suficientemente sólidos como para mantenerse firmes incluso cuando el entorno o nuestra rutina cambia.
En la naturaleza sobreviven las especies que mejor se adaptan y no son necesariamente las más fuertes. En las empresas ocurre exactamente lo mismo, los proyectos que perduran son los que evolucionan y los profesionales que dejan huella son los que saben aprender, desaprender y volver a empezar cuantas veces sea necesario.
La adaptación es una demostración de inteligencia emocional, de madurez y, sobre todo, de humildad. Porque crecer no consiste en conseguir que todo se haga a nuestra manera. Crecer consiste en seguir dando nuestra mejor versión, incluso cuando las circunstancias no son las que habríamos elegido...y quizá esa sea una de las mayores fortalezas que una persona puede desarrollar.
