lunes. 05.12.2022

El Bungalow, uno de los nuestros

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El fin de semana nos deja los primeros síntomas de que el otoño, por fin, ha llegado a Baleares y, más concretamente, a Mallorca, mes y medio después de su entrada oficial en el calendario.

Y con el otoño abriéndose paso ya en noviembre, llega también el cierre de hoteles (este 2022 menos masivo que otros años) y la oferta complementaria de las zonas turísticas. Los mallorquines nos quedamos con menos lugares donde ir a comer o cenar -no es un drama sino algo habitual-, aunque este inicio de temporada baja nos trae el intento incomprensible de cierre forzoso de unos de esos lugares que todos conocemos y la mayoría alabamos: El Bungalow de Ciutat Jardí.

La plataforma ciudadana ‘Salvem El Bungalow’ concentró este domingo a casi un millar de personas, la mayoría vecinos de la zona y del resto de la capital balear. No sé si multitudinaria o no porque, aunque quería dar mi apoyo en persona a la causa, no pude asistir.

Pero sí puedo atestiguar que fue y es una protesta popular, ni de derechas o de izquierdas, como he leído en algún medio de comunicación, sino ciudadana, de gente de aquí, de nuestros vecinos, amigos, residentes o no que, en nombre de la mayoría de esta Isla (y por qué no, de los turistas que nos visitan cada año), defiende un lugar emblemático, con historia. Un rincón tradicional que no hace daño a nadie y que disfrutamos la mayoría de los que somos asiduos o han acudido en alguna ocasión.

Un negocio, El Bungalow, instalado desde hace medio siglo entre las dos playas de Ciutat Jardí, la más grande y popular, y la pequeña y familiar. Un restaurante instalado en una construcción centenaria, que ya figuraba en el litoral cuando este ahora popular barrio palmesano estaba casi desierto, sin edificaciones ni viviendas a su alrededor.

Como quisieran que siguiera aquellos pocos que rechazan todo lo que huele a progreso, a desarrollo, a vida, aquellos que tampoco quieren turistas, ni chiringuito alguno y que viven alejados de la realidad… Que nos dejen en paz, que nos dejen disfrutar a los mallorquines de nuestra Isla, a la que queremos igual o seguramente más que ellos, a la que también queremos proteger y cuidar, pero no a base del “no a todo”. Que dejen en paz lugares que no dañan a nadie porque Mallorca no es suya.

El cierre obligado es una decisión de Demarcación de Costas, uno de esos entes gubernamentales extremadamente complejo, de leyes farragosas e indescifrables para la mayoría, como tuve ocasión de comprobar y/o sufrir durante mi etapa en la Delegación del Gobierno en Baleares. Sus normas, incomprensibles en muchas ocasiones, no atienden a excepciones porque se redactan en despachos alejados a miles de kilómetros de lugares históricos como el chiringuito de Ciutat Jardí.

Pero que no nos engañen, tenemos políticos aquí en las Islas que deben ser los transmisores de estas excepciones, los que tienen la obligación (si quieren) de defender estos rincones tradicionales, que no rompen con el entorno ni consumen territorio ni generan problemas medioambientales. Nuestros políticos tienen la obligación de explicar en los organismos ministeriales del Gobierno de España que en toda Ley hay excepciones que merecen tenerse en cuenta. Es sólo cuestión de voluntad, porque se puede hacer.

Me quedo con las más de 14.000 firmas a favor de mantener El Bungalow, también con el apoyo de la Asociación de Vecinos del Coll den Rabassa, las entusiastas participaciones de El Casta o Riki López y las enormes muestras de cariño y defensa de un negocio que hemos disfrutado miles de mallorquines y turistas a lo largo de los últimos 40 años, donde por cierto han trabajado cuatro generaciones de mujeres y que da empleo a unas 20 personas de forma directa. Siempre con una sonrisa en la boca y un trato exquisito. Mi familia, tanto la mallorquina como la ‘política’ (andaluza), y mis amigos damos buena fe de ello.

El Bungalow, uno de los nuestros
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