sábado. 01.10.2022

Saliendo a navegar y la vergüenza de volar

La navegación a vela es un proceso de adaptación constante a los vientos, que te indican las maniobras que tienes que hacer para llegar a puerto, ya que no puedes mantener el rumbo sin tenerlos en cuenta. Hay que estar atento a los cambios para poder maniobrar y sacar el máximo partido. Por mucho que se empeñe el capitán, manda la climatología y no sus deseos. En la vida pasa lo mismo: para navegar en ella, necesitamos conocer el clima y decidir cuáles son las mejores estrategias para capear un temporal.

 

Lo que ocurre con la navegación, ocurre con las personas y las organizaciones.

 

Aprender es un proceso de adaptación al entorno. Las personas que aprenden tienen conductas más eficaces y consiguen sus objetivos, porque son conscientes de los cambios de los vientos y elijen los mejores rumbos, incluso son capaces de ceñir -navegar contra el viento- y obtener resultados ventajosos.

 

Este es un ejemplo muy claro, que entiende todo el mundo y, aunque intuimos que es simple, sabemos que no es fácil. Algunas empresas navegan con dificultad y ganan pocas regatas. A veces, el barco está en buenas condiciones, pero la tripulación no está muy motivada o no es muy hábil. En otros casos, el barco hace agua y más que navegar, todos dedican su energía a achicar el agua para no hundirse. Cuando la tripulación no está formada y el barco no tiene el mantenimiento correcto, es imposible llegar al puerto. Parece muy obvio, pero estamos rodeados de empresas con tanto lastre, que navegan con dificultad. Hacen lo que pueden y, a veces, lo que deben.

 

En el acompañamiento a equipos directivos es muy frecuente que aparezcan temas sobre la gestión del cambio y de las dificultades que se encuentran para desarrollar procesos que han sido muy bien definidos… solo sobre el papel. ¿Por qué da tanto miedo el cambio? ¿Por qué, aceptando su necesidad, cuesta tanto implementarlo? ¿Por qué sabiendo que no hacerlo nos va a traer problemas, no somos los primeros en convertirnos en sus agentes promotores?

 

Para entender la naturaleza de la resistencia es interesante mirarnos un poco a nosotros mismos. Racionalmente sabemos que es suicida llevar una vida sedentaria y una alimentación desordenada y también sabemos que conciliar es una vacuna para llevar una vida más equilibrada y mantener unas relaciones personales más ricas. Si ahora yo le preguntara qué dos cosas cambiaría para mejorar su vida actual, estoy seguro de que no tendría que pensarlo mucho. Las conoce y tal vez alguna no esté a su alcance por el momento coyuntural en el que se encuentra, pero otras, es muy posible que las pueda desarrollar. El coaching ayuda a ponerlas en marcha.

 

Las causas de la resistencia son conocidas: los hábitos, la incomodidad que provoca adaptarse a una nueva situación, el miedo a no ser capaz, las pérdidas asociadas que eclipsan las ventajas… Y otras muchas que hacen que nos apuntemos al gimnasio y no vayamos. Podemos elegir resistirnos, aunque al final sabemos que vamos a perder.

 

Aunque hay situaciones en las que no podemos elegir si cambiamos o no, vivimos en un cambio continuo, acelerado e incierto. ¡Qué interesante es comprobar que el conocimiento lleva al convencimiento y este al compromiso, que da paso a la acción! Hemos estado mareando la perdiz (bonita expresión) con el calentamiento global, como si no fuera con nosotros, pero en pocos meses hemos visto cómo se han acelerado las iniciativas en el tema de la reducción de los plásticos, de la disminución del CO2, entre otras.

 

Las compañías hoteleras están incorporando programas para la mejora del medioambiente y la responsabilidad social. Lo que empezó como tendencia es ahora urgencia, por eso nos estamos planteando cambios en la manera de trabajar, que hace poco parecían impensables. Van apareciendo tendencias que se consolidan y hacen que modifiquemos nuestros hábitos. Por ejemplo, se empieza a notar un cambio de tendencia en el consumo de carne a favor de dietas más saludables. Y no quiero pensar en lo que vamos a ver en poco tiempo

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En un foro informal de turismo, se hablaba hace poco de flygskam, que es la palabra que utilizan los suecos para definir la “vergüenza de volar”. El low cost de las compañías aéreas pone el mundo a tus pies, pero hasta ahora no se ha evaluado el impacto de los aviones en el calentamiento global. El transporte aéreo es el más contaminante en gramos de CO2 por pasajero. En concreto, 285 gramos de CO2 por pasajero y kilómetro, contra 158 del coche y 14 del tren. Un desastre. Los suecos, concienciados sobre cómo está el planeta, no ven bien que se siga volando y sienten vergüenza al hacerlo, por eso empiezan a preferir medios menos contaminantes. En Finlandia, han acuñado otra palabra para expresar lo mismo: lentohapea. Es una tendencia, que se expandirá y ya podemos imaginar la cara de preocupación de los asistentes. En este caso, no podemos elegir no cambiar.

 

Hay cambios a los que podemos resistirnos un poco. Sin embargo, hay cambios en los que no nos preguntarán si nos gustan a no, porque lo que está en juego es la supervivencia del planeta, de la empresa o del proyecto personal. Estamos impelidos/empujados al cambio. No se resista y recuerde que el dolor de cambiar es mucho menor que dolor de no cambiar.

 

Saliendo a navegar y la vergüenza de volar
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