domingo. 26.05.2024

Herón de Alejandría y la innovación

 

¡Vaya con Herón de Alejandría! Este ingeniero y matemático helenista inventó, en el siglo I (d. C.), la eolípila, el primer motor a vapor del mundo. Además, diseñó y construyó la primera máquina expendedora de agua bendita, que funcionaba con monedas y unas puertas automáticas para el templo. Vale la pena indagar un poco en este personaje tan interesante, pero volvamos a la eolípila.

 

¡Los griegos en posesión de una máquina de vapor! Si la hubieran desarrollado más, se podría haber adelantado ¡2.000 años! algo parecido a la revolución industrial… ¡Cómo hubiera cambiado la historia! Sin embargo, se quedó solo en un juguete de feria que asombraba a sus conciudadanos.

 

Podemos decir que Herón fue un inventor, un creador, pero no un innovador. La diferencia entre creatividad (tener ideas originales) e innovación (aplicar las ideas originales) es clara. Tal vez, fue innovador, pero como vivió en una sociedad donde la innovación técnica no formaba parte de la cultura, sus resultados fueron muy reducidos. Primero hay que tener las ideas y luego hay que aplicarlas, porque necesitan una tierra de cultivo adecuada para que germinen.

 

Otro ejemplo es el de Leonardo da Vinci, que diseñó una máquina para volar, pero no consiguió que despegara. Aunque se dio cuenta de que unir las alas a los brazos no era eficiente y diseñó su máquina con alas batientes como un pájaro, no fue suficiente, ya que tampoco logró que volara.

 

Hubo que esperar trescientos años para que George Cayley, un británico perspicaz, descubriera que inclinando unos grados el ala, el artilugio se elevaba y se mantenía en el aire. Todavía hubo que esperar cincuenta años más para que, en 1849, un niño de diez años hiciera un primer vuelo. En 1903, los hermanos Wrigth lograron volar durante casi un minuto. Como vemos, cada innovación se construye sobre las anteriores.

 

Con la innovación pasa algo parecido a lo que ocurre con el calentamiento global. No hay que discutir si vamos o no vamos, sino a qué velocidad lo hacemos. Conseguir niveles negativos de CO2, no solo reducir, requiere un cambio drástico que no estamos dispuestos a afrontar, a no ser que colapsemos.

 

Necesitaríamos una crisis muy fuerte para tomar conciencia y aceptar los cambios necesarios para no acabar con la vida tal y como la conocemos. Mientras tanto, podemos empezar por acciones individuales (reciclar, reducir plásticos, etc…) para incrementar nuestro nivel de conciencia, lo que nos llevará a aceptar cambios más drásticos. Las acciones voluntarias individuales aportan poco a la mejora global del planeta, pero es preferible eso a no hacer nada, aunque sabemos que las soluciones han de ser políticas, transnacionales y de obligado cumplimiento. Pero mientras tanto, vamos sensibilizándonos ante el cambio que vendrá si o si.

 

Con la innovación pasa lo mismo. No voy a hablar de las ventajas económicas, sociales y medioambientales que supone tener empresas abiertas a la innovación, porque ya lo sabemos. Antes se innovaba para crecer y hoy se innova para sobrevivir. ¿Cuáles son las dificultades para incorporar la innovación? Pues las mismas que con el calentamiento global: la cultura de las empresas protege un estatus quo que no es todo lo permeable al cambio que sería deseable. Y ya hemos comentado que, en un conflicto entre cultura y estrategia, gana siempre la cultura por goleada.

 

Queremos ver la innovación en nuestras vidas, ya que intuimos que, en un sentido amplio, nos gustaría vivir en una cultura más innovadora. No solo queremos innovación en las empresas, también en las instituciones, en la educación, en la política, en la sociedad, porque eso facilitaría tener mayor conciencia planetaria. La preocupación por el medioambiente no lleva necesariamente a la acción, ya que tendríamos que elevar el nivel de enfado y subirlo al nivel de cabreo para convertir esa energía en acciones.  Por eso, me parece una buena idea empezar por uno mismo.

 

¿Cómo vamos a ser innovadores en la empresa, en la educación, en la sociedad, si no lo somos en nuestra vida? La innovación no es solo un conjunto de herramientas, sobre todo es una actitud vital. Es el empoderamiento personal lo que nos llevará a cambiar las cosas.

 

En un mundo intercomunicado 5G, muchas de las utopías de colaboración, inteligencia colectiva e intercambio dejarán de serlo. Incrementar la innovación en nuestras vidas nos ayuda a abandonar lastres, ineficiencias y hábitos no saludables. Nos invita a explorar, experimentar y aprender, aumentando nuestra capacidad crítica.

 

¿Cómo sería nuestra vida si nos abrimos más a la innovación? Habría que empezar por pequeñas cosas, porque lo que se avecina, nos va a sorprender. ¿Podemos imaginar cuántas ideas, como la de Herón, se están perdiendo por no tener una cultura más abierta a la innovación?

Herón de Alejandría y la innovación