miércoles. 24.04.2024

El cansancio del directivo

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A veces, vivir cansa. La mayoría de las personas tienen ilusiones que pueden convertir en proyectos y, con una fuerte motivación, transformarlos en resultados. Pero el camino es largo y las dificultades abundantes. Hay un desgaste paulatino que genera dudas y afecta al estado de ánimo. Ahí es cuando la ilusión se diluye, el conformismo se transforma en resignación y los proyectos se van posponiendo. Si no se reacciona, comienzan a faltar las fuerzas y nos sentimos incapaces de continuar con el mismo ritmo y con la misma motivación. Y esto pasa en cualquier ámbito de la vida: en el personal, el social, el familiar y el profesional.

En mayor o menor medida, nadie se libra. Casi todas las personas lo afrontan y, de alguna manera, recuperan toda o parte de la energía que les mueve. Otras, se quedan atascadas y apenas se recuperan. Y no hablo de patologías, hablo de normalidad. Los vaivenes de la vida.

Es relativamente frecuente encontrarme en procesos de coaching con directivos/as cansados mentalmente por tener que trabajar como “psicólogo y hacer de terapeutas” con algunos miembros de su equipo. 

Sabemos que la dirección trabaja la complejidad y que ejercer el liderazgo desarrolla el cambio y el compromiso de las personas. Los directivos/as tienen claro que es su responsabilidad en la dirección tener a sus equipos capacitados, enfocados y organizados para que puedan trabajar con eficacia. Y los directivos/as saben que su responsabilidad como líderes es tener a las personas alineadas con el proyecto, comprometidas y motivadas.

Así que es relativamente normal que aparezca el tema del cansancio del directivo. No solo por la presión o por las agendas apretadas o el peso de la responsabilidad... No hablan de cansancio físico (algunos sí, pero no lo abordaremos en este artículo), hablan de cansancio mental por el hecho de trabajar con personas y ejercer la función de liderazgo.

Dirigir es complicado y liderar es complejo. De hecho, liderar cansa más que dirigir, pero, sin duda, llega más lejos. La guerra del talento se gana con el liderazgo, no con la dirección. La tesis es que, en las organizaciones, sobra talento, pero está oculto. Hay que hacerlo visible. El coaching ejecutivo suele trabajar el rol directivo y el rol de liderazgo. Y hay un momento en que se percibe claramente cuando la persona se da cuenta de la diferencia. 

La dirección y el liderazgo confluyen en la misma persona. Pero habrá gestores que nunca liderarán y, por lo tanto, harán un limitado buen trabajo, y habrá lideres que nunca serán buenos gestores y, por lo tanto, no harán un buen trabajo. Son necesarios los dos roles.  Porque la finalidad del líder es desarrollar el liderazgo de las personas que forman parte de su equipo y, para ello, es necesario dedicar un tiempo escaso, porque el trabajo de dirigir acapara las jornadas. 

La calidad del liderazgo viene marcada por la calidad de la conversación, abierta y honesta, para comprender las necesidades y preocupaciones que permitan a los miembros del equipo sentirse más motivados y comprometidos. Así, para que el liderazgo obtenga los mejores resultados, sabemos que hay que poner en marcha la escucha activa y mostrar empatía. Porque las personas trabajan mejor cuando notan que su bienestar es importante para la empresa y para su jefe,  y cuando sienten que, con su apoyo, van a obtener mejores soluciones. El liderazgo requiere dedicar tiempo para identificar los proyectos o aspectos del trabajo que pueden contribuir a que el equipo se sienta más comprometido.

Y, sin duda, todo eso cansa: porque pensamos que deberían venir motivados de casa y no tener que perder tiempo en satisfacer sus necesidades emocionales; porque las necesidades materiales quedan cubiertas con las políticas de la empresa; y, además, todo ese trabajo no servirá con las personas tóxicas, los negativos y los que se sienten agraviados ... 

  

Pero el liderazgo es inexorable. Los lideres deben tener altas expectativas con los empleados y mostrar confianza en sus habilidades para darles responsabilidades claramente, además de ofrecer feedback positivo cuando el trabajo esté bien ejecutado. Liderar es cuidar y cuidar también cansa. Pero no hay otra alternativa que tener paciencia, una potente virtud que se ocupa de mantener calma y tranquilidad de ánimo mientras esperamos que sucedan las cosas.

La paciencia no solo significa esperar sino también no apresurarse con el liderazgo de las personas. Es una carrera de resistencia que da magníficos resultados a medio/largo plazo y requiere tranquilas conversaciones y mucha escucha, así como perseverar en las acciones. Todo lo contrario a lo que sucede en este mundo de la inmediatez en que vivimos, donde los resultados han de obtenerse al segundo.

Lo que distingue a un buen líder es la capacidad de dedicar tiempo para hacer que el talento aflore. Exactamente lo mismo que con la educación de los hijos.

El cansancio del directivo