martes. 29.11.2022

Promesas insolventes

/img/periodico/img_10620.jpg

 

La amenaza de la Unión Europea de sancionar a España por no alcanzar los criterios acordados de consolidación fiscal y el celo con el que los partidos políticos quieren atender las necesidades de financiación y reparto del gasto corriente han irrumpido con fuerza en la prolongada campaña electoral.

 

Curiosamente, incluso en la antesala de nuevos comicios, se critica el incumplimiento con la mano derecha, mientras que la siniestra sigue apostando por programas imposibles.

 

Es la primera vez que, en más de un siglo, el Estado debe ya más dinero que la riqueza que genera, porque el déficit anual crece a mayor ritmo que la economía y las administraciones públicas acumulan una deuda de 1,1 billones de euros.

 

A pesar de la referencia histórica, no es comparable el proceso que condujo al fin de la restauración, precedido por los conflictos bélicos con Filipinas y Cuba (cuya deuda debimos absorber en 1898) y la violencia anarquista de principio del siglo pasado, con la galopante escalada de gasto en el presente o el volumen que supone la ratio con un PIB actual, cuarenta veces superior e impensable en aquellos tiempos de convulsión política.

 

Lo que sí es fácil de relacionar era la situación en 2007, con una producción y un crecimiento equivalente al del pasado año, pero con una deuda acumulada que rondaba el 36% del PIB: unos 700.000 millones de euros menor a la vigente.

 

Hasta el partido que respalda al gobierno presidido por Rajoy, que siempre abanderó el rigor presupuestario y reprobó a su predecesor por el descontrol del gasto y la inversión pública, aunque haya reducido el desfase anual en casi sesenta mil millones, se ha excedido en casi un punto porcentual y no ha sido capaz de cumplir con el objetivo del 4,2% para 2015, especialmente por la relajación autonómica y la insostenible Tesorería General.

 

La Eurozona no puede ni podrá relajar excesivamente la presión sobre las economías periféricas, porque amenazan la estabilidad de la moneda única y el precio del dinero, abaratado al máximo por la política monetarista del Banco Central Europeo, pero también es consciente de que no pueden estrangular los crecimientos que obtienen los pocos motores que impulsan el viejo continente.

 

Incluso los halcones financieros son conscientes de que, con la espada de Damocles de tipos más elevados a corto, el populismo que florece a la sombra de la crisis es más peligroso para nuestra sostenibilidad económica que alguna décima desajustada.

 

Por eso han pospuesto la sanción a España, que podría ascender al 0,2 % del PIB o, lo que es lo mismo, que paguemos una multa equivalente al 20% de la desviación sufrida el pasado año. Con todo, la medida ejemplarizante, que se extiende a nuestro vecino lusitano, es improbable que alcance esa cifra.

 

Más aún, valorando las medidas adoptadas y sabiendo que nuestro país tendrá difícil ya que el previsible crecimiento futuro logre atenuar el efecto sobre el déficit que provocará la incertidumbre política y el electoralismo, por lo que los cálculos de la Comisión parecen más verosímiles que los del propio Gobierno en funciones.

 

De ser así, las metas fijadas para la progresiva consolidación fiscal, que son del 3,7% este año y del 2,5% el próximo, precisarían medidas correctoras para su cumplimiento y por tanto, con nulo margen para bajar la presión fiscal o, por el mismo motivo, que el nuevo ejecutivo nos libre de nuevos ajustes.

 

Sea quien sea el que resulte investido en la XII legislatura, agravado por la necesidad de fijar una nueva Ley de Financiación Autonómica y de la debilidad de un gobierno compartido, será imposible que aumente el gasto antes de 2018, cuando se logre dejar el déficit anual por debajo de los criterios del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, acordado en Maastricht en 1992, pero todavía muy lejano de las reglas de oro recogidas en Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria, al que nos comprometimos en 2012.

 

El esfuerzo colectivo y los nocivos efectos de una devaluación competitiva están lejos de borrarse de nuestro horizonte, porque los discursos se pueden hacer gratuitos en el Speakers’ Corner, pero no se hacen realidad tan fácilmente, después del hundimiento de Lehman Brothers.

Promesas insolventes
Comentarios