martes. 29.11.2022

Déficit público

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El reconocimiento por parte del Gobierno de haber vuelto a incumplir los objetivos de déficit, renegociados con la Unión Europea, demuestran que el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, Pierre Moscovici, estaba en lo cierto y que la relajación fiscal ha vuelto a España con el crecimiento y las convocatorias electorales.

 

Desviarnos cerca de 9.000 millones [más del doble del presupuesto global de nuestra Comunidad] no sería tan grave si no viniera de la mano de un crecimiento consolidado en el 3,2 y se produjera tras una revisión favorable de las exigencias comunitarias.

 

Estamos lejos ya de las cifras que provocaron alarma en la legislatura anterior, cuando llegamos a gastar 110.000 millones más de lo que ingresamos y que colocaron al Estado al borde de un rescate financiero, tan severo como el que debieron asumir Grecia, Portugal o Irlanda, pero la sensación de alivio y la necesidad de ganar adeptos en las elecciones autonómicas y generales ha reavivado la relajación.

 

El desgaste demoscópico infligido al Partido Popular por el aumento de la presión fiscal, los recortes y la congelación salarial trató de ser compensado adelantando la rebaja en el lRPF y devolviendo la paga extra que se le había retenido a los funcionarios, lo que ha supuesto una parte sustancial del incremento de gasto.


Por su parte, la precariedad laboral y las bonificaciones ofertadas para dinamizar la creación de empleo han supuesto que el aumento de afiliaciones no haya compensado la subida en pensiones, ahondando el agujero creciente del sistema único de la Seguridad Social, lo que obliga a que el Pacto de Toledo deba revisarse cuanto antes, siendo uno de los temas prioritarios que deberá abordar el nuevo gobierno.

 

Aun así, siguen siendo las Comunidades Autónomas las que se resisten más a cumplir con los objetivos fijados en el Consejo de Política Fiscal y Financiera, aduciendo una pésima financiación, el sostenimiento de partidas sociales de carácter esencial y, sobre todo, porque pocos optan por la responsabilidad cuando se aproximan comicios en los que se juegan el apoyo ciudadano.

 

Difícil escenario se abre con un gobierno, en funciones, obligado a seguir dando confianza a los mercados y a sus socios europeos, mientras la España plural quiere reproducir el milagro de los panes y los peces, al tiempo que aspirantes a la Moncloa confían en aumentar el gasto social hasta palidecer a Zapatero, olvidándose de que solo la certidumbre, el incremento de la productividad, la moderación en el gasto y la eficiencia pública obrarán el milagro.

 

Algunos salvapatrias, que prometieron la piedra filosofal con la que resolver todos los males, ya están consumiendo su propia medicina, al comprobar que las quimeras hay que pagarlas y que la realidad es más tozuda que las buenas intenciones. No basta con plañir por unos recursos limitados y gritar a los cuatro vientos la injusticia que sufren los desfavorecidos.

 


Siquiera es suficiente presupuestar sin garantía de cumplimiento o si descuidas el flujo de fondos con el que atender el gasto comprometido, porque el bloqueo de partidas no es el peor de los efectos derivados del descontrol de la tesorería.

 

Más allá del Plan General de la Contabilidad Pública, el mayor déficit que estamos observando no es monetario, sino de capacitación y valores.

 

Con políticos que priman el favor electoral y que no son consecuentes con lo que alardean antes de gobernar, tendremos un superávit de descontentos y un sistema insostenible, que acabaremos pagando entre todos, con intereses.

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